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  • Vacío y ambigüedad
  • Es bastante conocido el chascarrillo de Perón cuando, preguntado por el nombre con el que había decidido bautizar a su movimiento, dijo aquello de: «Me propusieron llamarlo 'socialista', pero pensé que no se podía poner un nombre tan derrotista a un movimiento que acaba de nacer».
Imagen ilustrativa
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Solo por este detalle -el desprecio que Perón sentía por el «socialismo»- el movimiento que él fundó en 1945 fue llamado con el absurdo nombre de «justicialista».



La solución del líder fue bastante simple, pues si lo que confería auténtica razón de ser a su movimiento era la «justicia social», o se llamaba con un nombre parecido o derivado del adjetivo (opción a la postre, desechada), o se recurría al sustantivo para inventar un neologismo sin significado preciso.

Por esas cosas que tiene la vida, el partido «Justicialista» ya no concurre a las elecciones con su nombre, lo cual no sabe uno bien si agradecer o no.

Lo curioso es que los nombres tradicionales de los partidos políticos, tanto nacionales como provinciales, han sido sustituidos por nombres vacíos y pretenciosos como «Frente de Todos» o «Juntos por el Cambio», que -a decir verdad- dicen incluso menos que aquel invento de Perón.

El peronismo desunido

En la famosa interna peronista de 1983, que enfrentó a Carlos Alberto Caro con Roberto Romero, el primero lideró una lista interna llamada, con extraordinaria ingenuidad, «Unidad Peronista». En esta lista, por cierto, participaba activamente el actual Vicegobernador de Salta, Antonio Marocco, quien por entonces era un convencido antirromerista, pero con los años -y la sabiduría aneja- ha sabido rectificar y escoger la «huella recta».

Marocco y compañía tenían en frente a la lista roja, que había adoptado el nombre de «Unidad y Renovación».

Pero los nombres de ambas listas eran absurdos, puesto que si algo le faltaba al peronismo salteño -eternamente fracturado y ferozmente cainita- era precisamente «unidad». Lo demostró claramente el ajustado resultado de aquellas elecciones y el desbande posterior, que merecería ser objeto de una tesis doctoral en psicopatología política.


Sin embargo, hay un detalle que alguna gente interesada en que no se conozca la historia siempre pasa por alto.

La lista de don Roberto Romero reivindicaba también (y especialmente) la «renovación». Esto es lo que en el fondo la distinguía de la otra lista, que también se llamaba «Unidad».

Este segundo nombre, tanto para entendidos como para despistados, decididamente revelaba la intención de quitar de la escena al triunvirato (Ríos - Vedia de Gil - Nolasco) que dirigió al PJ salteño durante la travesía en el desierto impuesta por la dictadura militar y que en su momento decidió rechazar la ficha de afiliación del señor Romero al peronismo salteño.

Consciente el dueño del diario El Tribuno de que aquel triunvirato respondía 2-1 a la lista contraria, se propuso «renovar» un peronismo al que nunca había llegado a pertenecer.

Es decir que el nombre de «renovación» de su lista era la confirmación perfecta de que el hombre acababa de llegar al baile, y que sus pergaminos como «peronista» de todas las épocas no se hunden en la noche de los tiempos, como algunos pretenden hacernos creer.


La interna judicial salteña

Hace unos días conocimos la noticia de que en las elecciones que ha celebrado ese selecto club de jueces que se hace llamar «colegio» (cuando no desempeña ninguna función de esta naturaleza) se impuso una lista con el pomposo nombre de «Integridad y Compromiso», que le ganó el pulso a otra lista llamada, más modestamente, «Independencia».

Igual que lo que sucedió en 1983 con la alocada interna peronista, esta de los jueces de 2022 me parece absurda en cuanto a los nombres elegidos por los contrincantes.

Para empezar, es bastante dudoso que la «integridad» sea una virtud que adorne el carácter de solo la mitad de los jueces. ¿Es que los de la lista contraria y sus votantes no son magistrados íntegros?

Habría sido de todo punto de vista más realista llamar a una de las listas «Roscas y Aprietes» y a la otra «Aguante el Pelado». De este modo se habría facilitado mucho la decisión de los votantes y votantas.

Porque a decir verdad, eso de «compromiso» suena fatal y trae reminiscencias de transa, componenda y colusión. Y suena peor en boca de unos jueces que no pueden comprometerse con nadie y solo deben observar la ley, «como esclavos», tal como decía el ilustre Barón de Montesquieu.

Por otro lado, el nombre de «Independencia» no nos aclara muy bien si estamos exaltando la avenida en la que se halla emplazado el antiguo matadero municipal, o si se trata de un homenaje tardío a ese gran patriota que fue Narciso Laprida. ¡Si al menos se hubiera añadido la palabra «judicial»!

En Salta les convendría a algunos adoptar las costumbres de ciertos bebedores empedernidos, que se dan cita para «chupar con prudencia y moderación», aunque después -y no antes de decirse cuánto se quieren o se odian- terminen abrazados a una damajuana o prodigándose cuchillazos.

Lo cierto es que un poco menos de marketing nos vendría bien para aclarar algunas cosas importantes, y de paso también para jubilar a muchos de los «ingenieros electorales» que ya podrían ir pensando en dedicarse a algo que de verdad beneficie a la sociedad.

Para qué vamos a andar haciéndonos los artistas. Nos sinceremos de una vez y animémonos a llamar a una de las listas «Vacío y Ambigüedad».



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