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  • Homenajes, los justos
  • Tras el golpe militar de 1976, que acabó con el precario gobierno de Isabel Perón, mi padre, después algunas vacilaciones iniciales, decidió regresar a Salta y recluirse en su casa de Cerrillos.
Imagen ilustrativa
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Aquel atropello institucional había privado a mi padre de su legítimo mandato de senador de la república, aunque jamás escuché de sus labios la más mínima queja por haberse quedado sin despacho, sin secretaria, sin teléfonos, sin membretes y sin -llamémosle- poder.



Mi padre lamentó siempre en voz alta la pérdida de las libertades de todos y el extravío del destino del país, aplaudidos con algarabía por la mayoría de los medios de comunicación de Salta, y no dio entonces ninguna importancia a su situación personal.

La llegada definitiva de mi padre a Salta, tras su cuarta experiencia en el Congreso Nacional se produjo exactamente el 21 de diciembre de 1976, fecha que recuerdo muy claramente porque por entonces un hermano mío publicaba un pequeño y rudimentario periódico familiar llamado «El Caserío», cuya última edición del año anunciaba el viaje de regreso de mi padre para el día 21.

No fue un repliegue defensivo ni un retiro dorado, sino parte de la búsqueda vital de un personaje permanentemente activo, que durante todo aquel tiempo alternó su estancia en Cerrillos y la operación de su estación de radioaficionado con su participación en movimientos cívicos y políticos que tenían por objeto denunciar las atrocidades del régimen militar y recuperar la vigencia de las instituciones democráticas.

Mi padre viajó mucho durante aquellos años, y se mantuvo firme al comando de sus aparatos la madrugada del 2 de abril de 1982, cuando condenó -mucho antes de que otros lo hicieran- la megalomanía irresponsable de los dictadores en las Islas Malvinas.

Pasado aquel verano, el bullicio de la casa familiar se trocó en silencio. Mi padre y mi madre, solos y algo mayores, precisaban de cuidados, asistencia y un mínimo nivel de seguridad que, lamentablemente, no muchos de sus allegados estaban en condiciones de prodigar sino con sacrificio de sus trabajos y de sus estudios.

Me tocó a mí -y a mi querido perro Choschora- cuidar de ellos. En mi caso, sacrificando la regularidad de mis exámenes y retrasando la marcha de mi carrera universitaria.

Atravesamos como pudimos aquella larga noche de autoritarismo militar, marcada en el plano familiar por el exilio forzado de dos hijos de mi padre que debieron hallar refugio en el extranjero antes de que mi padre decidiera volver a recalar en Salta.

Durante aquel periodo negro de la historia del país, muchas familias sufrieron padecimientos indecibles. La nuestra pasó lo suyo, pero ni aquel pequeño grupo que decidió encastillarse en Cerrillos, ni mi casa, vivieron situaciones especialmente angustiantes. Lo dije en varias ocasiones y lo reafirmo ahora. Así transcurrió mi primera juventud y no veo razones para engañar a nadie diciendo que sufrimos entonces más de lo que sufrieron otros.

Los padecimientos familiares comenzaron -por qué no decirlo- cuando se lanzó la interna peronista de 1983, y de ellos solo yo (y probablemente mi querida hermana María Isabel) podemos dar cuenta, pues somos los únicos que estamos vivos. Los demás no estuvieron. Lo miraron por TV o se hicieron olímpicamente los desentendidos. ¡Quién sabe!

Mi casa (lo que entonces yo llamaba «mi casa» porque allí vivía) fue allanada por un par de agentes de la Policía de Cerrillos por orden de un juez de instrucción que a la vez había recibido instrucciones del poder, que ya no estaba en mano de los militares, por cierto.

Afortunadamente, no fue un acto humillante, aunque los intrusos portaban esa intención. Y no solo no lo fue porque los uniformados no encontraron nada de lo que buscaban (unas botellas de vino, creo), sino porque mi padre, en un ejercicio de decencia cívica y personal que nunca olvidaré, sentado en la mesa del comedor de diario sometió al comisario del lugar (que se hallaba al frente de la partida y que estaba más nervioso que testigo falso) a una lección de derecho procesal penal de las más prolijas y detalladas a las que yo haya asistido jamás.

Claro que mi padre -que no era partidario de susurrar sus sentencias- usó de todo el volumen de su potente voz, hasta el punto de que el comisario, en un pico de estrés, le suplicó: «Doctor, le voy a pedir que no me grite». Frente a semejante exhortación, mi padre, sin cambiar el tono ni la actitud, le dijo: «A ver si no se ha dado cuenta de que es usted el que está en mi casa, y yo en mi casa grito todo lo que quiero».

Al poder que intentó humillar a mi familia, a los que en plena democracia hicieron sufrir a mi padre y a mi madre, discúlpenme, yo no le rindo homenajes.

Luis Alberto Caro Figueroa - Madrid, 15 de febrero de 2022



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