Ejerce el terror no solo aquel que detenta el poder ideológico sino también el que pretende hacerse con él, que no tiene más remedio que recurrir a la violencia para alcanzar sus objetivos.
Así como en otras épocas se mandaba a los disidentes a la guillotina, a los campos de concentración, se los arrojaba vivos al mar desde aviones navales, se los aniquilaba en cámaras de gas o se los despedazaba a machetazos en disputas tribales, hoy aquellas formas brutales de terror han dejado paso a un terror un poco menos brutal pero igualmente efectivo para suprimir a los disidentes.
Hablo, por supuesto, de la cultura de la cancelación, que no supone, como muchos creen, el simple acto de bloquear o de ignorar a alguien en las redes sociales.
El nuevo terror, la nueva violencia, no solo consiste en silenciar por la fuerza bruta (un unfollow no es sino un acto de fuerza) a un individuo o a un grupo, con la intención de anular su existencia (y con ello reducir intencionadamente el espectro de opiniones, debates y razonamientos), sino que persigue un objetivo mucho más ambicioso: tergiversar y reescribir la historia universal.
Todo acto de cancelación, provenga de quien provenga, se asocia a conductas humanas sumamente reprochables, como manipulación informativa, censura, desinformación de diseño, fake news, mentiras, deshonestidad y debilidades morales. Pero el objetivo es siempre el mismo: hacer desaparecer a alguien (y a sus ideas) de la historia.
Sobre la cultura de la cancelación se ha escrito mucho y, felizmente, gente muy estudiosa se ha ocupado del tema. No es este, desde luego, el lugar para efectuar un resumen de todas las teorías y enfoques relacionados con esta nueva forma de represión.
La cancelación política a través de la manipulación fotográfica
Pero sí me gustaría referirme a la cancelación política y a la manipulación de la historia a través de la fotografía, pues he sido testigo directo de una vergonzosa operación en este sentido.Tengo que recordar aquella famosa foto en la que aparece Lenin arengando a las tropas del Ejército Rojo desde una tarima en la plaza Sverdov en Moscú. En aquella foto, a los pies de la escalera, se encuentra Trotsky con sus anteojitos característicos; y un peldaño más arriba, Kamenev. Los dos eran por entonces (1919) los más poderosos líderes bolcheviques, junto al orador. Años después, bajo el régimen de Stalin, la misma fotografía será nuevamente publicada, pero en ella ya no hay rastro alguno de los jefes revolucionarios, que fueron prolijamente eliminados de las fotos oficiales, y de la vida, por el dictador soviético. Trotsky fue asesinado en México en 1940 y Kamenev fusilado en la Unión Soviética en 1936. Ambos habían sido borrados antes de la memoria histórica de la revolución.
Lo mismo hicieron los censores de la revolución cubana con una fotografía en la que aparecía Fidel Castro en primer plano y, en el trasfondo, el escritor y periodista Carlos Franqui, quien en un primer momento apoyó la revolución, pero que diez años después debió marchar exiliado a Italia y que rompió formalmente con el régimen en 1968, cuando firmó una carta condenando la invasión soviética de Checoslovaquia.
En Rosario de la Frontera
El episodio de manipulación histórica al que me refiero esta relacionado con la fotografía, tomada en Rosario de la Frontera, a comienzos de 1973, en donde aparecen mi padre J. Armando Caro —entonces candidato a senador nacional por Salta— y el doctor Miguel Ragone, candidato a Gobernador por el Partido Justicialista.Esta es una de las pocas fotos en color que se conserva del tristemente desaparecido Gobernador de Salta (1973-1974) y una de las más utilizadas en diferentes publicaciones digitales, casi nunca sin mencionar su legítimo origen y sin conceder créditos a su autor (Ramiro Caro Figueroa).
Pero lo más llamativo es que alguien se ha encargado, a brochazos de Photoshop, de borrar a mi padre de la escena, como si en aquel momento Ragone no estuviese abrazando cariñosa y respetuosamente a alguien. Probablemente, no tanto para negar la existencia de mi padre (bastante difícil de negar, por cierto) como para hacer olvidar que Ragone ganó las elecciones del 11 de marzo de 1973 con el apoyo explícito de un importante fracción del peronismo —la liderada por mi padre— que, como presidente del partido, libró un intenso combate interno para que Miguel Ragone fuese finalmente elegido Gobernador de Salta.
La operación de tergiversación de la historia y de la cancelación de sus protagonistas vino, como era de suponer, de aquellos que en 1973 se habían opuesto abiertamente a la candidatura de Ragone, pero que, después de 1983, se falsificaron como sus principales defensores.
Para lograr su propósito —pensaron ellos— les bastaba con borrar a J. Armando Caro de la fotografía y, en algún caso, colocarlo en el infame casillero de los enemigos de Miguel Ragone, que mi padre nunca ocupó ni quiso ocupar.
Afortunadamente, no lograron ni lo uno ni lo otro.