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  • Contra el pensamiento ideológico
  • Muchos se han olvidado ya, pero en las elecciones de 2023 Gustavo Sáenz enfrentó y venció a una efímera coalición electoral contra natura formada por camporistas y ultraconservadores.
Gustavo Sáenz, Gobernador de Salta
Gustavo Sáenz, Gobernador de Salta

Aunque aquella alianza tuvo felizmente una breve andadura, el objetivo de desalojar a Sáenz del poder es todavía una aspiración compartida por quienes en Salta son, a mi juicio, los máximos exponentes del destructivo pensamiento ideológico.



En los dos años y medio que han transcurrido desde la reelección de Sáenz a la fecha, ambos grupos —ya por separado, pero evidentemente aún coordinados— han recrudecido los ataques contra el Gobernador de Salta. A este tragicómico cuadro se ha sumado en 2025 la escuálida y poco influyente (pero no menos dañina) figura del exgobernador Juan Manuel Urtubey, frustrado candidato a senador nacional.

La estrategia de acoso y derribo orquestada contra Sáenz, que ha venido utilizando los argumentos más infames (fake news, acusaciones de connivencia con el narcotráfico, enfermedades graves, problemas familiares, etc.), ha puesto el foco ahora en la relación entre el Gobernador de Salta y Javier Milei, y, especialmente, en la marcha —ciertamente impredecible y oscilante— de los recurrentes aunque precarios acuerdos financieros entre la Administración federal y el gobierno de Salta.

Las críticas peor intencionadas que se pueden leer estos días reprochan al Gobernador de Salta su «acompañamiento acrítico» a ciertas políticas del presidente Milei (por ejemplo, la reforma laboral), para —según dicen— «no recibir nada a cambio». Los críticos de Sáenz operan con la lógica del telegrafista: dar para recibir.

En este revuelto panorama ha querido terciar ese gran patriota que es el general César Milani, quien con los exquisitos modales que adornan su carácter castrense ha recomendado a Sáenz: «Empiece por no bajarse los pantalones cada vez que el gobierno nacional se lo pida».

Para un cierto sector de opinión de Salta, da igual que críticas como estas provengan de un kirchnerista acérrimo como el general Milani, o que las entonen los libertarios derechistas de Salta, esos que han sabido fusionar sabiamente el morado con el amarillo.

Pienso, sin embargo, que esa arbitraria caricatura de un Gobernador «adaptativo» a los diferentes planteamientos ideológicos, «oportunista» y «dócil» a los dictados del poder federal no es más que eso: una caricatura. La realidad es, por supuesto, mucho más compleja.

El pensamiento ideológico y la grieta

No me propongo retratar o desmenuzar aquí esa realidad ni penetrar en sus complejidades. Tareas como esas se encuentran, por largas distancias, fuera de mi alcance intelectual. Pero sí me gustaría decir unas cuantas cosas acerca de la perniciosa pervivencia del pensamiento ideológico, del que invariablemente parten las bofetadas que a diario recibe un Gobernador que, a mi juicio, practica intensamente la política.

Lo primero, y quizá lo más importante de esta reflexión, es que la ola libertaria, que teóricamente ha venido a emanciparnos de las garras del pensamiento ideológico, está utilizando los mismos métodos que su antagonista e, incluso, herramientas moralmente aún más cuestionables. Es poco menos que evidente que los objetivos políticos del gobierno nacional solo se podrán alcanzar si se aplica una dosis bastante importante de autoritarismo; es decir, todo lo contrario a la libertad.

Diré, para simplificar, que los dos extremos de «la grieta» sostienen y practican un proyecto político que busca «emancipar» a las personas de unas ciertas estructuras y formas de dominación a las que consideran «malvadas». Pero, desde el terror de Robespierre hasta las revoluciones marxistas o las luchas «liberacionistas», ningún intento emancipador de esta clase ha podido prescindir de la violencia, el terror y la represión.

Esto se debe, probablemente, a que los defensores de un «mundo mejor» (sean kirchneristas o libertarios) van demasiado lejos en su creencia de que los seres humanos y las sociedades que conforman son fácilmente transformables en base a promesas de un bienestar futuro sin fecha cierta. El fanatismo ideológico es la consecuencia inevitable de una negación nihilista de un cierto orden de cosas, de un orden moral natural disponible para los seres humanos a través de la razón y la experiencia.

Desde este punto de vista, el enemigo estructural del neofascismo no es el socialismo, como de tanto en tanto suele vociferar el Presidente de la Nación. La verdad es que los extremos de la grieta tienen dos enemigos comunes a batir: la democracia liberal y el Estado que la hace posible. A mi juicio, tiene que haber alguien que defienda estas formas de organizar nuestra convivencia, porque, al fin y al cabo, tan mal no se han comportado con nosotros. Si los demócratas hemos ganado una gran guerra a los totalitarismos, ¿vamos a dejar ahora que nos arrinconen sin disparar un solo tiro?

La conciencia política —la que hemos conocido en la Argentina desde hace por lo menos 120 años— ha sufrido recientemente una importante inversión moral. Los conceptos tradicionales de lo «correcto» y lo «incorrecto» han dejado paso a los de «progreso» y «reacción». Prueba de ello es que ya prácticamente nadie habla de que Milei lo está haciendo bien o mal, sino de que sus medidas son «reaccionarias» o «contraprogresistas». Las valoraciones a su reforma laboral son un buen ejemplo de este desplazamiento moral: se la apoya o se la rechaza, no por sus cualidades intrínsecas, por sus bondades o sus perversiones, sino por venir de quien viene.

De lo que apenas nos estamos dando cuenta es de que estamos inmersos hasta el cuello en una revolución ideológica como las que vivimos en el pasado. La violencia y la represión ya no se limitan solamente a la «cultura de la cancelación» (sucedáneo moderno de la guillotina), pues, como es bien sabido, han tomado una forma muy concreta en las calles de Minneapolis y han adoptado la cara del ICE, lo mismo que antes lo hicieron con la fisonomía de los jacobinos, o los miembros de la NKVD y las SS.

Sáenz en aguas turbulentas

En estas aguas turbulentas navega —como puede, creo yo— el Gobernador de Salta, que intenta con discreto éxito practicar una política moderada, no utópica y no ideológica, basada en el realismo moral de las evidencias.

Aunque me temo que una actitud política de semejante calado filosófico tiene poco recorrido en el polarizado panorama intelectual de estos tiempos, no descarto sinceramente que esta línea de pensamiento y acción, tan difícil de sostener en Salta, esté sustentada realmente en una capacidad emocional suficiente como para resistir la adopción de dogmas rígidos, de narrativas absolutistas y presiones de grupo.

Por tanto, ese dibujo grotesco de un Gobernador volátil e inconsecuente que algunos venden como churros en las peatonales digitales no es sino un retrato interesadamente falso, una distorsión calculada de la realidad que ruega a la Virgen del Perpetuo Socorro que sea favorecido por los algoritmos más retorcidos para que las redes sociales lo viralicen.

A la distancia a la que me encuentro, que es mucha, veo en el mandatario a una persona que ejerce (por supuesto que con vacilaciones y contramarchas) una autonomía que le permite evaluar la realidad basada en evidencias. Puedo equivocarme, por supuesto, pero es lo que veo desde aquí.

No me arriesgaría a extender esta virtud a todo su gobierno, pero estoy lo suficientemente seguro de que el Gobernador de Salta no es una vela en el viento, ni un cómodo pasatista que se arrellana en un sofá con el control remoto en una mano y un balde de pochoclos en la otra, sino una persona que, dentro de las dificultades y las dudas que pueden afectar a cualquier ser humano, intenta llevar el timón del Estado, enfrentando los problemas, sin dejarse atrapar fácilmente en emboscadas ideológicas. Esta es una cualidad que no le reconocen sus detractores.

En estos momentos, Salta no necesita un Gobernador ideológico, sino, al contrario, un mandatario que cultive el pensamiento crítico y la flexibilidad cognitiva, que son dos cualidades que permiten navegar la complejidad social y en la turbulencia política sin caer en sesgos binarios del tipo «nosotros contra ellos». No se puede culpar a nadie de intentar hacer equilibrios, mientras una multitud enfervorecida y rugiente le pide adherir sin reservas a uno de los dos extremos de la gireta.

Yo creo —y esto es una simple corazonada— que el Gobernador de Salta percibe el potencial destructivo del pensamiento ideológico al que me refería antes; tanto el del pseudoprogresismo «woke», como el del neofascismo emergente en los países capitalistas. Creo que se da cuenta de que ambos extremos comparten inquietantes afinidades con los movimientos totalitarios que convirtieron a la primera mitad del siglo XX en un infierno, y que Salta corre el riesgo de perder sus libertades en nombre de dos ideologías igual de mesiánicas.

En este mundo que ha cambiado dramáticamente desde el 20 de enero de 2025, prefiero, como salteño, que gobierne Sáenz a que lo hagan esos loquitos que quieren defenestrarlo. Prefiero mil veces la política ejercida desde el realismo moral, con sus defectos inmanentes y sus atávicas contradicciones, a la mejor de las utopías ideológicas, del signo que fuesen.



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