Parece que alguien está empecinado en privarnos de la paz que —se supone— debe reinar en las fiestas de fin de año, que todos deberíamos pasar tranquilamente y sin sobresaltos.
A todos estos trastornos provocados «por el hombre» (jamás por la mujer, por supuesto), se suman algunos que vienen prendidos al orillo de la naturaleza en la que se desenvuelve nuestra penosa vida. Diciembre es un mes indeciso, pues a veces es extremadamente seco y otras extremadamente lluvioso; extrañamente fresco o brutalmente caluroso; verde cuando llueve y ceniciento cuando no cae una gota. Una sola cosa parece cierta e inamovible: diluvie o no diluvie, los cerros siempre se derrumban sobre la ruta 51 con una puntualidad astronómica.
Para peor, es el mes en el que estadísticamente se contabiliza la mayor cantidad de fenómenos celestes inexplicables o inexplicados (ovnis, estrellas fugaces, meteoritos, luces extrañas) y se amplifican las leyendas más fantásticas e inverosímiles.
No hay que desechar el clima de caos social que provoca el diario local que anuncia que este año el pan dulce y la sidra serán imposibles de comprar y que los pobres tendrán que brindar en Navidad y Año Nuevo con el agua terrosa que en esta época del año fluye por los grifos de algunos barrios periféricos que tienen la suerte de que no se les corte el agua, mientras castigan sus estómagos con mazamorra chirle.
En diciembre se multiplican también los accidentes de circulación (hay más chupaditos que se lanzan al camino), se recrudece la violencia contra las mujeres y el hacinamiento en los centros de detención se vuelve insoportable.
Todo esto se produce mientras los que mandan planifican sus vacaciones en las playas más caras del mundo y los jueces se abstienen de hacer avanzar los procedimientos sometidos a su decisión, a la espera de la bienhechora feria, que significa un mes de sueldo sin laburar.
Aún así, en las noches del 24 y el 31 todos nos sentimos hermanos y actuamos como humildes siervos del Señor, aunque algunos (por la cornamenta que portan) se comportan como verdaderos ciervos.