Algunos, como Lino Ademar Moreno, se pueden tomar el consejo al pie de la letra y poner tierra de por medio. ¡Quién sabe, vidita, por dónde andará!
Bien leído, este anuncio de «escapadas» de fin de semana parece asumir la lógica de la explotación laboral del ser humano. Lo que debería ser normal (tomarse un fin de semana para visitar un lugar y descansar) se convierte en algo extraordinario, en una actividad fuera de la norma, casi prohibida. Si somos libres, porque Dios nos ha creado así, no tendríamos por qué escaparnos para visitar un lugar. Bastaría con ejercer nuestra libertad.
Pero algunos aprovechan este consejo para escaparse de sus mujeres, de su hogar, de su responsabilidad parental. Muchos vuelven, pero hay quienes salieron a comprar cigarrillos y no han regresado jamás.
Las «escapadas» laborales deberían estar reguladas en la ley para que al menos el trabajador escapado o la trabajadora escapada tengan derecho a la desconexión digital. No está muy bien eso de andar resolviendo problemas de inventario con el teléfono celular mientras uno intenta pescar un dorado en el Juramento.
No entiendo que lo de las «escapadas» suene muy bien para las empresas turísticas (hoteles, AirBnB's y touroperadores) y muy mal para los jueces de Garantías de Orán, que luchan -como pueden- contra la permeabilidad de una frontera que se ha convertido en una coladera.
Supongamos que alguien ofrece escapadas para un tour de compras en Aguas Blancas. ¿Cómo sabemos si entre los escapados no hay alguno que ande buscando eludir el largo brazo de la ley?
Lo mejor sería sincerar el lenguaje y ofrecer paquetes turísticos con fugas fronterizas incluidas: una especie de turismo penitenciario extramuros organizado y planificado.
No sería una mala idea, teniendo en cuenta que las últimas investigaciones fiscales revelan que el «mercado» de las cárceles tiene dimensiones insospechadas.


