La ruta 51, que conecta el Valle de Lerma con la puna salteña y de la que depende la circulación de la ingente riqueza minera de nuestro territorio, se encuentra en pésimas condiciones y absolutamente impracticable para el tráfico rodado.
Casi el mismo día que una delegación de altos funcionarios salteños expone en la convención minera más influyente del mundo, que se celebra en la ciudad canadiense de Toronto, las bondades del modelo salteño de explotación minera y exalta las seguridades para la inversión que ofrece nuestro sistema jurídico, la ruta que vertebra la que es hoy una de las cuencas mineras más importantes del mundo se ha visto dramáticamente interrumpida por la lluvia, los derrumbes y las trombas de agua.
El gobierno no puede hacer que llueva menos, pero seguramente sí que las lluvias sean menos destructivas. En momentos en que se discuten las obras del corredor bioceánico, se debe encarar un proyecto serio que contemple la reformulación total de la traza de la ruta 51, porque está visto que el mantenimiento y los parches no resuelven el problema.
Si somos capaces de soñar con una minería dinámica y altamente tecnologizada, si recibimos inversiones multimillonarias y aspiramos al desarrollo de las comunidades locales, deberíamos también ser capaces de pensar en una nueva carretera de altura, dotada de los más modernos elementos de seguridad, con conectividad en todo su trazado, permanentemente monitorizada y, sobre todo, menos sensibles a los elementos.
