En estos días se ha sabido que Trump quiere hacerse con las tierras raras de Ucrania, y a cambio de nada, según parece.
Si como ha dicho repetidamente el gobernador Gustavo Sáenz, «Salta tiene los minerales que el mundo necesita», la afirmación de nuestra soberanía sobre los recursos naturales pasa por blindar el litio como activo fundamental y estratégico de la Provincia de Salta, no solo para su desarrollo económico, sino para nuestra autonomía política.
Primero, lógicamente, se debe reforzar nuestra posición soberana en la materia frente al gobierno federal, que por razones que cualquiera podría imaginar, está hoy más cerca de Donald Trump y de Elon Musk de lo que podría estar el Gobernador de Salta.
Lo segundo es afinar los mecanismos jurídicos para que las empresas extranjeras que hoy explotan el litio en Salta y las que lo hagan en el futuro cumplan con todas las normas -especialmente las medioambientales, las fiscales y las de exportación- para que en todo el proceso quede claro que el litio es de los salteños y que lo vendemos solo bajo ciertas condiciones, que somos capaces de hacer respetar.
Doy por hecho que el gobierno de Salta tiene una respuesta y una estrategia para todo esto, pero creo también que no está demás alertar sobre los peligros que se ven en el horizonte; sobre todo después de que Trump se haya lanzado como un halcón sobre el litio de Ucrania. Mañana puede ser el litio de Salta el que entre dentro de ese círculo diabólico de apetitos expansionistas.
Hoy, la soberanía de Salta se defiende teniendo ideas claras sobre la propiedad y el control del litio. Todo lo demás, incluido el absurdo desafío lanzado por el Procurador General de la Provincia a los franceses, para que vengan aquí «a decir lo que tengan que decir» en la investigación del crimen de las turistas francesas, no es soberanía; es pura bravuconería, cuando no un certificado de impunidad a largo plazo.