La joven diputada salteña cree, como sus formadores universitarios, que ella ha nacido para combatir, que es la lucha, el incendio verbal, la confrontación con el enemigo, lo que justifica la vida de las personas y confiere plenitud a su efímero paso por este valle de lágrimas.
Según parece, después del agónico triunfo parlamentario del libertarianismo en el Congreso Nacional, en donde las fuerzas gubernamentales (los «héroes» como se los llama) lograron convalidar por la mínima el veto presidencial a la ley de financiamiento universitario, la diputada salteña ha vuelto a coger el micrófono. Pero no para defender el veto, sino para cargar verbalmente contra los enemigos.
La simplificación de la realidad a la que ya estamos acostumbrados los argentinos ha dividido los bandos enfrentados en dos: los partidarios de la universidad pública, por un lado, y los enemigos de la universidad pública por el otro. No parece haber términos medios. No cabe, por ejemplo, una categoría de «amigos» de la universidad pública que esté en contra del gasto incontrolado, del clientelismo, de la sobreideologización, de la ineficiencia y de la escasa transmisión de conocimientos al medio. Si eres del team veto estás frito: tienes todos los números comprados para convertirte en diana de la lengua viperina de algunas, cuando no en persona non grata para los claustros universitarios, algo que a pesar de que tiene un claro sabor medieval, todavía se usa en Salta. Solo falta quemar brujas en la hoguera para retroceder unos doce siglos, aproximadamente.
Todos lo que no caben en la estrecha cajita ideológica de Orozco son (para ella y para muchos libertarios) unos «vagos». La diputada se ha tomado muy en serio este combate (como antes se tomó en serio otros incluso menos importantes) y ahora proclama en voz alta: «¡La universidad en mi enemiga!»
Esta postura de Orozco no está haciendo mejor cosa que darle la razón a los que se opusieron al veto presidencial. Nos viene a decir, con otras palabras, pero con encomiable elocuencia, que el presidente Milei vetó la ley, no por cuestiones de equilibrio fiscal ni de transparencia financiera, sino simplemente porque aborrece la universidad y porque considera que estas venerables instituciones están llena de vagos.
Las universidades podrán recibir más o menos dinero, podrán funcionar mejor o peor, ser más o menos simpáticas, pero son instituciones fundamentales del país que, a lo largo de su historia más que centenaria han efectuado contribuciones sustanciales a la erección de una nación independiente y sólida. No se puede ser enemigo de ellas porque sí, simplemente porque no nos gusta la cara o la forma de pensar de quienes las controlan.
Como dijo León Gieco hace algunas décadas, «nosotros no somos como los Orozco». No andamos diviviendo el mundo entre amigos y enemigos, no calificamos de vagos ni de «degenerados fiscales» a los que se oponen a los designios del Presidente.
No creemos, en definitiva, que la vida se resuelva en un combate o en miles de ellos. Hay que darle un oportunidad a la sonrisa, y todo parece indicar que a la diputada Orozco nadie le ha dicho todavía que tiene una muy bonita y que debería aprovecharla.