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  • Pecadores de clase alta y menos alta
  • En estos tiempos en que los sacerdotes populistas de Salta entronizan a los peregrinos antes que a las Imágenes de los Santos Patronos, no parece tan descabellado intentar una interpretación «clasista» de la Novena al Señor y a la Virgen del Milagro.
Imagen ilustrativa
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Nacido en la primera mitad del siglo XVII de la era cristiana, el redactor de nuestra Novena pertenecía a caracterizadas familias de Salta. Don Francisco Javier Fernández Pedroso y Aguirre, presbítero y doctor, no era precisamente un hombre de las montañas, ni se pateaba los polvorientos caminos de la puna tocado con un casco de minero.



Francisco Javier era hijo de don Francisco Fernández Pedroso, Maestre de Campo, encomendero en segunda vida de Cafayate, y de doña Francisca de Aguirre y Pedrosa Sierra. Dos de sus hermanas pequeñas (María Antonia y Manuela) estaban casadas con prominentes hombres de negocios de origen español que, más tarde, tuvieron una descollante actuación en la Independencia argentina. Fueron ellos don Juan Antonio de Moldes (marido de María Antonia), oriundo de Galicia; y don Pedro Antonio de Gurruchaga y Aizaga, natural de la villa guipuzcoana de Anzuola, en el País Vasco, y padre del fundador de la Armada Argentina, el patriota don Francisco de Gurruchaga y Fernández Pedroso.

Pero, aparte de la ilustre cuna del autor de que aquella fina prosa, hay otros pequeños detalles que hacen sospechar que el pecador compungido y mortificado que aparece retratado en el librito no era un «originario» al uso; es decir, que no responde al tipo sociológico del «peregrino».

El primero de estos detalles es, sin dudas, el exquisito manejo del idioma español, algo que por entonces solo estaba al alcance de los miembros de la clase prominente, toda vez que la educación pública y gratuita -que felizmente permitió a las personas más humildes conocer y dominar perfectamente nuestra lengua- no estaba en los planes de nadie.

El segundo detalle lo podemos advertir en esta frase de la Novena: «¡Arrepiéntome del ultraje que os hice renunciando a vuestra amistad, y despreciando vuestro amor por los miserables placeres de este mundo!».

Para la época en que fue redactada la Novena, estos placeres mundanos estaban al alcance solo de unos pocos elegidos. En el siglo XVIII, nuestros pobres -que eran pocos y ahora son legión- estaban excluidos de estos placeres y eran, en su gran mayoría, virtuosos e inocentes.

Las clases populares comenzaron a empedrar su camino hacia el infierno no antes de la primera mitad del siglo XX, cuando el jolgorio se generalizó e incluyó -con toda justicia- a los que permanecían en los márgenes del sistema. Para cuando el papa Pío XI publica la bula “Nobilis Argentinae Nationis Ecclesia” (el 20 de abril de 1934), por la que eleva la Diócesis de Salta al rango de Arquidiócesis, nuestra ciudad ya era -gracias en buena medida a los servicios de una recordada inmigrante polaca- la capital nacional de los placeres mundanos.

Quien le pide a la Virgen caminar “por el camino verdadero que conduce a la gloria, que es el de la cruz y mortificación”, y no desea “vivir crucificado, al mundo y a sus pasiones”, es alguien que, por definición, no ha sufrido antes el castigo de la pobreza ni soportado el estigma el de la incultura. Solo un pecador de buen pasar, que ha llevado una vida plácida y sin sobresaltos, es capaz de buscar obsesivamente su redención a través de la mortificación. El miedo a vivir vivir crucificado al mundo y a sus pasiones es superior a cualquier reflexión racional.

Por eso, ahora que los sacerdotes se han sacado de la chistera esto de las “imágenes peregrinas”, que van casa por casa y barrio por barrio, mucho antes de que las Imágenes verdaderas ganen la calle, los mismos curas deberían pensar en lanzar una “novena peregrina”, diferente a la tradicional, en el sentido de que debería reflejar los particulares sentimientos y la peculiar espiritualidad de una clase social tradicionalmente marginada.

Por eso es que, desde estas humildes páginas proponemos el siguiente Acto de Contrición:

«Dulce Jesús mío y mi crucificado Señor. Por indicación del dignísimo monseñor Bernacki, me postro feliz a vuestro pies confesando la mínima cuantía de mis pecados con un insignificante dolor de mi alma.

Solo aturdido vengo, médico divino, a buscar mis remedios del PAMI en vuestra benigna misericordia, proponiendo con todo mi corazón pataconear desde San Antonio de los Cobres, con un casco de minero en la cabeza.

Dulce amor mío sois sobre todas las cosas, tened piedad de los políticos, y acordaos, Señor, el que mi amor os puso en esa Cruz, y no os acordéis de esos cholos ingratos, desconocidos, ladrones, venales y corruptos que se han olvidado de vuestro paternal amor, porque si a Vos, que sois el Padre de todos -como lo es Ossola- no le pido una cosa como esta, ¿a quién se la voy a pedir? ¿A Marocco?

¡Ay, mi Jesús, y cómo os han ofendido aquellos insensatos cuyas huellas afortunadamente no seguí! ¡Oh, quién de dolor muriera a vuestros pies, pues amándome tanto, hasta ahora no me había atrevido a denunciar a estos sátrapas que han ofendido a un Dios tan bueno, tan santo y tan amable! Pecaron, Padre mío, contra el cielo y contra Vos, tened misericordia de ellos y alcanzadme un intenso placer y, de ser posible, un buen podólogo. AMÉN»
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