Así le pasó a Raúl Alfonsín (Ricardo, para ciertos medios salteños), a Carlos Menem, a Néstor Kirchner (y a su esposa) y, ahora, a Javier Milei.
Me cuesta creer que celebremos como una gran conquista nacional los 40 años de democracia. Es como celebrar la antigüedad de los trenes. No tiene sentido acordarse de que fuimos unos de los primeros países del mundo en implantar el ferrocarril (1857) y que en la década de los 60 del siglo pasado alcanzamos los 43.000 kilómetros de vías férreas, si casi dos siglos después los trenen no funcionan y dan más problemas que ayuda.
Con la democracia pasa lo mismo que con la red ferroviaria: si no se la reforma y se la moderniza continuamente, si no hay algo «permanente» entre reforma y reforma que justifique su mejoramiento, el sistema perece sin remedio.
El Pacto de Mayo
El Pacto de Mayo propuesto por el presidente Milei y suscrito a libro cerrado por dieciocho gobernadores «dialoguistas» dibuja un nuevo país. Quizá el país necesario o tal vez el país posible. El tiempo lo dirá.Lo que está claro es que en cuanto otro tenga la más mínima posibilidad de echar abajo lo que el Pacto de Mayo pudiera conseguir -sea mucho o sea poco- lo hará sin la más mínima duda. El ejercicio del poder en la Argentina no se entiende sino ligado a la facultad de reorganizar al país de arriba a abajo como si el ayer no hubiese existido. Alfonsín, Menem, Kirchner fueron presidentes adanistas, como ahora lo es Milei.
Poco importa que el Presidente que ha impuesto el pacto disfrute de la máxima legitimidad. Los argentinos nos hemos empeñado en disociar con singular éxito la legitimidad de la razón democrática; no por capricho, sino más bien porque el gobernante legítimo ha pensado siempre que los límites impuestos al poder son para otros, no para él.
Para que el Pacto de Mayo tenga el éxito que sus impulsores esperan, es preciso que el gobierno demuestre tolerancia hacia las opiniones discrepantes, siempre que estas no impliquen una inicitación a romper la ley. Es decir, el actual gobierno nacional debería estar dispuesto -y no parece que camine en esa dirección- a ser tan tolerante como sea compatible con la eficiencia técnica y el mantenimiento del orden.
Desde el comienzo de su mandato, el Presidente de la Nación parece haberse obsesionado en destruir lo que su antagonista dejó en pie (en su mayoría negocios opacos, prácticas clientelares y construcciones simbólicas negatorias de la libertad de pensamiento) más que en erigir los cimientos de un país moderado y bien avenido. El enfrentamiento dialéctico es el Red Bull del gobierno; la estrategia para acabar con la «grieta» no consiste en aproximar las orillas y conciliar sus diferencias, sino más bien en expulsar al antagonista del terreno de juego, hasta que llegue el momento en que todo el mundo piense como piensa el gobierno.
Los que ahora mandan en la Argentina creen -diría que están casi seguros- que es posible imponer la libertad por la fuerza de la mayoría (aun con minoría parlamentaria); pero se olvidan de que en un sistema democrático -y más aún en una república federal- al lado del principio mayoritario coexiste la necesidad de defender a los individuos y a las minorías (incluidas las territoriales) de la tiranía; aun de la tiranía mayoritaria.
Mucho me temo que los que ahora dirigen la nave del Estado, con el presidente Milei a la cabeza, creen que la separación de poderes sobre la que teorizó Montesquieu, el sistema de checks and balances, las doctrinas políticas de Bentham y todo el liberalismo clásico del siglo XIX, si bien en su momento fueron diseñados para impedir el ejercicio arbitrario del poder, en la práctica son métodos incompatibles con la eficacia gubernamental y que los votantes exigen más autoridad y menos contemplaciones.
Pienso que el Presidente de la Nación -cuyo carácter auténticamente liberal más de una vez he puesto en duda en estas páginas- no debería dejarse tentar ni por la refundación ni por el ejercicio omnímodo del poder que algunos le reclaman. El bronce puede esperar. Nuestro Presidente debería aprender a convivir y cohabitar con quienes no aplauden sus decisiones; es decir, aprender a no denostarlos, para empezar, y demostrar una generosa tolerancia tanto religiosa como ideológica.
La libertad a la que aspira el Presidente y es también anhelada por una inmensa mayoría de argentinos y argentinas no se conquista con aplanadoras dialécticas ni con insultos y descalificaciones hacia los diferentes; al contrario, se la conquista con tolerancia y moderación, que son la condición sine qua non de las reformas políticas posibles, que no siempre son las óptimas o las deseables.
Los pactos deben servir para estos fines y no para hacer desfilar como borregos, sumisos y derrotados, a quienes hasta hace poco planteaban sus dudas sobre la eficacia de las políticas nacionales.
La Argentina puede llegar a ser un modelo mundial de libertad, pero nada se conseguirá si al mismo tiempo no trabajamos para convertirnos en un modelo de justicia y equidad.
