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  • Jamás me han gustado las descalificaciones personales. La explicación de la denominada falacia ad personam se encuentra, probablemente, en la conocida frase de Elbert Hubbard que dice: “Si no puedes responder al argumento de un adversario, no está todo perdido: siempre puedes insultarle”.
Cristina Kirchner y Javier Milei
Cristina Kirchner y Javier Milei

El problema del insulto, como arma en la lid política, es que quien lo emplea siempre se defiende diciendo «el otro empezó».



Por esta razón, quizá, es que estamos mal acostumbrados a que cuando alguien -aun una persona deslenguada e insultadora serial- expresa una idea o efectúa un razonamiento, sus adversarios inmediatamente intentan descalificarle personalmente con comentarios ofensivos, malignos, insultantes o groseros.

De lo que se trata, entonces, es de prescindir de los argumentos para desplazar calculadamente el objeto del debate y centrarse en la persona del adversario.

Es bastante bien sabido que la señora Kirchner, como presidenta y como política, me provoca un entusiasmo cercano a cero. Y esto no es cosa de ahora, precisamente. Sin embargo, creo que, cuando toma la palabra, se la debe escuchar con atención, por mucho que sea el rechazo que concite, y pienso que no se puede responder con agravios y descalificaciones in personam a sus críticas políticas; por más que ella haya hecho (y siga haciendo) uso de un lenguaje barriobajero y frontalmente contrario a la concordia.

Si Madame Kirchner tiene mucho para aportar, como parece que tiene, pienso que es muy mala idea emplear esa capacidad o ese capital -que se intuye ingente- para destruir al actual gobierno, o simplemente para ponerle las cosas aún más difíciles.

Al contrario, pienso que una persona de su edad -que debería estar ya de vuelta de muchas cosas y por encima de otras tantas- haría muy bien en ayudar a resolver los problemas colectivos aportando ideas críticas, quizá radicales, pero constructivas, que no necesariamente supongan plegarse a las políticas o a la ideología del gobierno.

Sin embargo, la expresidenta no hace nada de esto. Al contrario, ella jalea a los suyos con consignas emocionales de muy poca densidad política y muy difíciles de sostener con argumentos y razones. Convoca a los suyos a resistir y a confrontar, cuando lo que reclama el país es ayuda para superar las dificultades.

Puede que algunos interpreten que el kirchnerismo se fortalece y reaviva con esta inyección de intolerancia y acritud, pero yo estoy con los que piensan que, aunque gane el kirchnerismo, la Argentina pierde. No solo porque el reverdecimiento del kirchnerismo sería sumamente negativo para el país, sino también porque se estaría malgastando inútilmente la experiencia y el conocimiento de una persona que, con sus aciertos y sus errores, ha protagonizado una etapa -triste pero importante- de nuestra historia.

Pero ¿quién soy yo para pedir que una persona emplee su capital político residual y declinante para la concordia? Si quiere promover el enfrentamiento, alimentar la crispación y profundizar la polarización, pues allá ella. Creo sinceramente que una mayoría de argentinos está en otro registro.

Lo que sí defiendo con energía es que no se la mande a callar cada vez que abre la boca. No es democrático negarle la palabra.

¡Ah! ¿Que ella tampoco es o ha sido democrática? ¿Que es la responsable del descalabro? Me da igual lo que sea o lo que haya sido. El derecho de opinar y expresarse no se le puede negar a nadie y menos levantando un muro de insultos para obligarla a callarse. Esta actitud es tanto más repugnante cuando parte de los más altos responsables del Estado.

No hay, que yo sepa, una «ley del talión democrática» que obligue a pagar con la misma moneda a quien ha dañado nuestras libertades. Creo que a esta altura de los acontecimientos, lo peor que podríamos hacer en la Argentina es practicar ese revanchismo vengativo que proclamó Perón cuando pronunció su célebre frase: «¡Al enemigo, ni justicia!».



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