Dice Zapata que le «encantaría» que Milei y Villarruel pudieran asistir a la tradicional velada social, porque «para los salteños, el aniversario de la batalla de Salta tiene una importancia muy grande».
La primera invitación parece haber salido del propio Zapata; pero la segunda -dirigida a Milei- dice que fue «instruida» por el propio Club 20 de Febrero -al que Zapata pertenece- por conducto de su presidente. Una invitación así no se rehúsa, por más anarcocapitalista que uno sea.
El embigotado legislador salteño (retrato i' sala) podría haber invitado a Villarruel y a Milei a visitar Villa 20 de Junio, o a presenciar los corsos marginales en las proximidades del estadio Martearena; pero ante el riesgo de que los nuevos gobernantes nacionales -sin querer- se lleven a Buenos Aires el siniestro «rostro de la pobreza» de las orillas, las más altas instancias sociales de Salta han juzgado prudente y republicano que tanto Villarruel como Milei se lleven a la capital de la nación la virginal sonrisa de las agraciadas debutantes del «Club».
De un club que, como casi todo Salta sabe, siempre ha estado comprometido hasta el tuétano con la democracia, así como con los valores de la igualdad y la justicia, y de cuyos transparentes cenáculos nunca ha salido una lista negra.
Así pues, por designio de Zapata, en los encerados salones del Paseo Güemes no habrá comparsantes, ni piqueteros, ni docentes enfurecidos.
Habrá, casi seguro, militares retirados nostálgicos, ávidos por casar a sus hijas con subtenientes recién destinados en Salta; señoras finas de peinados revueltos y vestidos audaces mirando, como siempre, con ojos de deseo a los mozos originarios que sirven las mesas del Club; jovencitas más pendientes de su WhatsApp que del resto de los presentes; conspiradores de ceño fruncido que son descendientes directos de aquellos que hace casi 50 años enviaban listas secretas a los cuarteles (y a un juez federal ya desaparecido), y una larga legión de aristócratas y aristrócratos decadentes y crepusculares, que ya no hablan del tierral de las extensas fincas que tuvieron que vender y que hoy alternan sus tardes vacías en el «Club» con las partidas de loba y los niños envueltos en la Sirio Libanesa, en donde han casado a sus hijas.
Zapata dice que es carnaval y Milei aprieta el pomo. Todo sea porque el «rostro de la pobreza», aquel que no pudo viajar con el insensible Macri, se traslade, por fin, a Buenos Aires.