El mandatario salteño ha dado a entender con mucha claridad que su intención es la de poner al frente de los ministerios provinciales a hombres y mujeres que tengan «sintonía» y «feeling» con los futuros ministros nacionales, evitando así tener ministros que choquen con el gobierno nacional.
¿Le ha servido de algo a Salta que Gustavo Sáenz hubiera colocado en el gabinete nacional kirchnerista a Flavia Royón como Ministra de Energía?
¿Qué beneficios han obtenido los salteños de la «especial relación» entre el presidente Alberto Fernández y el vicegobernador Antonio Marocco?
En estos días posteriores a las elecciones del 19 de noviembre, una gran mayoría de salteños se ilusiona con que su vida cambie para mejor a partir del próximo 10 de diciembre, cuando asuma el nuevo Presidente electo.
Pero en la misma fecha también asumirá el nuevo Gobernador electo, que, aunque es el mismo, ha demostrado sobrada capacidad para reinventarse a sí mismo según lo manden las circunstancias. ¿Por qué motivo entonces los salteños no se ilusionan con los cambios y mejoras que podría llevar a cabo el gobierno provincial?
La respuesta es porque todo depende de Buenos Aires y de las decisiones que se toman allí. A los salteños les va bien o mal, dependiendo del mayor o menor acierto de unos señores que contemplan los problemas de Salta a mil millas de distancia y a través del vidrio de un frasco. Ayuden más o ayuden menos, Salta nunca les ha importado, ni les importará.
Muchos dirán que esto sucede porque el federalismo no funciona y es verdad. Pero no funciona mal porque el poder central sea un monstruo que todo lo quiere abarcar o porque tiene funcionarios arrogantes e insensibles, sino porque el gobierno provincial resigna sus competencias exclusivas todos los días un poco más y porque los gobernantes provinciales se parecen -peligrosamente- cada vez más a empleados del poder central, como en las épocas en las que un general de división nombraba a un coronel jubilado para que se hiciera cargo de los «asuntos » de la Provincia de Salta.
Ahora resulta que sin el proverbial «auxilio» de Buenos Aires no solo no se pueden terminar las obras públicas ya iniciadas ni empezar las proyectadas, sino que no se puede pagar el aguinaldo, no se puede asistir a los comedores infantiles, a los municipios del interior o subsidiar el transporte.
El ministro Roberto Dib Ashur debería preocuparse más por estas tragedias financieras que llaman a su puerta que por ser recordado en la historia como el Hernando de Lerma de la economía del conocimiento.
Salta depende demasiado de Buenos Aires. El gobierno provincial carece de recursos técnicos, intelectuales y políticos para atenuar y moderar las crisis y las oscilaciones que se producen a nivel nacional. Los gobernantes acentúan todos los días un poco más su irresponsabilidad y se recrean en la impotencia, sabedores de que al final siempre podrán echarle la culpa de sus errores al «monstruo centralista», sin pagar ningún precio por ello.
Salta debe aportar al crecimiento y unidad del país afirmando su autonomía y no resignándola. El federalismo no consiste -como cree Sáenz- en que «Buenos Aires nos dé cada vez más» sino, al contrario, en que nos dé cada vez menos y que al mismo tiempo nos permita vivir, como salteños que somos, con nuestras normas, con nuestras carencias, con nuestras abundancias, con nuestros aciertos y hasta con nuestros errores. El federalismo es variedad, no uniformidad.
Más que esperar a la conformación del nuevo gabinete nacional, lo que debe hacer Gustavo Sáenz es ilusionar a los salteños nombrando a nuevos ministros y ministras que, mucho antes que «sintonizar» con Buenos Aires y de demostrar habilidad en el complicado arte de «pedir», sintonicen con Salta y con la peculiar sensibilidad de sus habitantes.
Convertir a Salta en felpudo de Buenos Aires, convertir a los ministros salteños en lacayos o calientasillas de los ministros nacionales, para que las políticas que se apliquen en Salta sean las políticas diseñadas en Buenos Aires, no solo es una forma de negar el federalismo: es también una forma de negar el salteñismo (entendido como la especificidad de Salta en el contexto nacional), y de negar que en Salta haya personas inteligentes que sean capaces de sacarnos del atraso y la postergación.
