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  • Charles Joseph Antoine Labadie (1850-1933) fue un activista social, sindicalista, ensayista, editor, publicista y poeta norteamericano, que está considerado como una de las figuras más prominentes del anarquismo de todas las épocas.
Javier Milei
Javier Milei

En uno de sus ensayos más famosos y celebrados (Anarchism: What It Is and What It Is Not, de 1904), Labadie nos previene de un error cometido a menudo, incluso por algunos anarquistas, y que consiste en decir y predicar que el anarquismo pretende establecer la libertad absoluta.



Para Labadie, el anarquismo es una filosofía práctica y, por tanto, no se esfuerza por hacer lo imposible.

Eso para empezar.

Esta caracterización del anarquismo como filosfía práctica debería hacernos pensar muy seriamente si quien, en nombre del anarquismo, propone cambios imposibles de llevar a cabo es realmente un anarquista o si, por el contrario, se trata de alguien que simplemente pretende hacerse pasar por tal.

Otro anarquista individualista muy destacado, Benjamin R. Tucker, contemporáneo de Labadie (1854-1939), enseñó que el anarquismo es la doctrina que propugna que «todos los asuntos de los hombres deben ser gestionados por los individuos o por asociaciones voluntarias y que el Estado debe ser abolido».

Que se sepa, lo que propone el candidato libertario en la Argentina no es precisamente hacer desaparecer el Estado sino reformularlo de una manera que el poder que ahora ejerce sea todavía más intenso.

Si bajo la regla del anarquismo -según ha sido enunciada por Labadie y Tucker- la mayoría no tiene más derechos que la minoría; es decir, si los millones no tienen mayores derechos que uno solo, anarquista solo es aquel que piensa que todo ser humano debería tener igual derecho a disfrutar de los productos de la naturaleza y que ningún individuo, o grupo de personas, debería tomar una parte de aquellos productos sin conocimiento o consentimiento de los individuos que ya los disfrutan.


El anarquismo postula que a cada persona se le debería permitir intercambiar sus propios productos donde quiera; que se le debería permitir cooperar con sus compañeros si así lo desea, o competir contra ellos en cualquier campo que elija; que no se le debería imponer restricción alguna en lo que imprime, lee, bebe, come o hace, siempre y cuando no invada la igualdad de derechos de sus semejantes. Por tanto, cuando el candidato Javier Milei anuncia su cruzada contra los «zurdos» o cuando insulta al jefe de la iglesia católica, por ejemplo, no está respetando precisamente la libertad de los individuos de pensar y sentir como mejor les parezca.

A menudo se ha identificado al anarquismo con los atentados y los magnicidios. Pero Labadie nos dice que «nadie que cometa un crimen puede ser anarquista, porque el crimen es causar daño a otro mediante agresión; es decir, lo opuesto al anarquismo». Según el activista norteamericano, no se puede ser anarquista y hacer las cosas que el anarquismo condena.

La anarquía es, para Labadie, no solo sinónimo de libertad, sino también de independencia, juego libre, autogobierno y no interferencia; de ocuparse de sus propios asuntos dejando en paz al prójimo; es laissez faire y autonomía.


Es decir, virtualmente todo lo que Javier Milei no practica, a pesar de reivindicar para sí el rótulo de anarquista o de anarco-capitalista.

Felizmente, las enseñanzas de Labadie no solo nos permiten distinguir entre el verdadero anarquismo y el falso, sino que también nos ayudan a descubrir a quienes dicen defender al individuo pero en realidad aspiran a conquistar el poder del Estado formando mayorías aplastantes para dominar a sus semejantes.

En definitiva, tranquiliza saber que los «padres fundadores» del pensamiento anarquista americano han establecido las bases teóricas más sencillas para comparar, poniendo el uno al lado del otro, a un político con programa y a un loco suelto con sus ocurrencias.



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