En esta, la escogida ciudad en la que ostentan su amor quienes nos miran con semblante risueño desde sus magníficos tronos, los policías peregrinan y son peregrinados. Protegen y son protegidos. Caminan y son «caminados». Aunque pecadores y desagradecidos, al fin y al cabo (cabo primero y cabo ayudante) también tienen derecho a venerar y amar a la Virgen como a Madre amorosa y admirable.
Entre las cosas que de forma radical se transforman en Salta durante el Milagro figura el protocolo de actuación de los uniformados. La vieja frase «Me va a tener que acompañar a la Seccional», que precede a la mayoría de las detenciones ilegales, es reemplazada en estos días por «nosotros los acompañamos a la Plaza 9 de Julio», pues aunque la Intendenta la tenga a medio hacer, siempre habrá un lugar para un corazón contrito, y muchos más para los corazones sin tritos.
Según algunos peregrinos disconformes con la presencia policial, los canas cuidan más a los perros que a los propios peregrinos, que mucho más le deben a los podólogos que los curan, que a los uniformados que van practicando expeditivos «despejes» a su paso. Una ampolla vale más que mil bastones.
«Cada vez que se acerca un cana, escondo el tetra-brik», dice un pichi-peregrino de esos que está bien seguro de que la tolerancia cero no rige para los que se desplazan «bajo la modalidad peatonal».
Otros se lamentan ante la divinidad de no haber cuidado adecuadamente a las víctimas de violencia de género a las que los jueces le han puesto una «consigna humana» por falta de dispositivos electrónicos que piteen como es debido o por falta de personal entrenado detrás de una pantalla. Una minoría, en fin, se golpea el pecho por haber reprimido o dejado de reprimir en el antiguo peaje de Aunor.
De todo hay en la viña policial del Señor. Lo que nunca van a faltar son canas piadosos y dóciles acompañantes de sacrificados peregrinos y de damiselas en apuros, aunque entre los mismos peregrinos haya delincuentes con mútiples reincidencias y captura solicitada. En el Milagro todos somos hermanos y nos abrazamos como si nadie hubiera violado la ley. Todos van al santuario, aunque algunos merezcan enfilar hacia la Alcaidía y otros ser conducidos en código rojo (por coma etílico) al nosocomio más cercano.
En la misma Salta en la que arrasa la moda de las audiencias multipropósitos, el Arzobispo debería aprovechar sus misas para repartir bendiciones y, al mismo tiempo, para imputar a algunos fieles e imponerles duras medidas cautelares, que luego puedan ser recurridas ante la jueza Zunino.
Poco se entiende que los jueces y juezas salteños no establezcan para los reos cuya condena se ejecuta de forma condicional y aquellos que solicitan la suspensión del juicio a prueba, la obligación de rezar la Novena, cuya mortificante redacción seguramente dará mejores resultados que el mejor de los tratamientos psicológicos de las profesionalas del Poder Judicial. Si el doctor Freud curaba con la palabra ¿por qué no confiar en las milagrosas curas verbales del doctor Fernández Pedroso?
Y para sustituir los «cursos de perspectiva», nada mejor que darse una vuelta por los Atributos de María. Porque si uno respeta a la Madre de Dios, lo demás ya viene solo.