Aunque no se haya divulgado la identidad del menor adoptado, en el caso ventilado por la Corte de Justicia de Salta en el día de ayer, circunstancias como su exposición (6ª acepción del Diccionario para el verbo exponer) o su corta esperanza de vida (datos puntualmente revelados por el parte oficial) forman parte tanto del área reservada de la vida de los menores (protegida por normas internacionales), como de la lógica reserva que debe regir en el procedimiento judicial de su adopción.
Siguiendo la línea folletinesca de la información oficial del Poder Judicial, muchos medios han reproducido detalles dramáticos de la vida de un ser humano, con la misma ligereza que si se hablara de una mascota o de un animal de compañía. ¡Si hasta la Municipalidad habla con más respeto de la castración de los gatos!
No solo se han revelado -innecesariamente- detalles de la azarosa vida del niño (como el rechazo parental y el hecho de que «nadie se presentó» cuando fue puesto en adopción), y se lo ha hecho con temeridad y lujo de mal gusto, sino que también se han divulgado la profesión y el lugar de trabajo de su adoptante, así como sus motivaciones íntimas y el lugar en donde vive su inhumano novio, que por cierto no apoya la adopción.
Todos estos detalles, que solo debió conocer la jueza que entiende en el procedimiento, son perfectamente aptos para establecer rápidamente la identidad tanto de adoptante como adoptado.
No es la primera vez que el servicio de prensa de la Corte de Justicia de Salta incurre en estas prácticas tan discutibles y potencialmente dañinas de los derechos de un niño. Y es de desear que los niños -sobre todo si no tienen familia o están enfermos- no sean tratados jamás en la información oficial de un modo tan cruel y tan inhumano por quienes, para peor, se dicen defensores de sus derechos, partidarios de la perspectiva de género y se autoperciben campeones del «lenguaje claro».





