Más de veinte años de malos gobiernos, ineficientes unos, brutalmente ideológicos otros, constituyen la explicación de lo que estamos viviendo ahora, a comienzos de 2024, en el que la división y la discordia entre los argentinos parece ser mayor que nunca.
Pero por lo poco que se ha podido ver hasta ahora, el «nuevo país» -muy diferente al anterior- no es mucho mejor, en casi ningún aspecto. Incluso, parece que fuera todo lo contrario.
Cuando se intenta sostener la libertad con autoritarismo, cuando para desmantelar el Estado es necesario convertirlo previamente en un monstruo de siete cabezas y fuerza irresistible, cuando para sacar adelante leyes que consideran necesarias se recurre a las amenazas y se renuncia a la política, es que el nuevo proyecto de país no funciona, ni funcionará.
Mucho más que la energía y la convicción (por no hablar de la soberbia) que están poniendo algunos de los supuestos libertarios en el paradojal fortalecimiento del aparato represivo del Estado, lo que sorprende hoy es que los adalides de la «resistencia» sean exactamente los mismos que con su irresponsabilidad, su desvarío y su veneno ideológico provocaron la catástrofe, los que hicieron que el país tocase fondo en 2023, después de 20 años de desatinos populistas.
Son los derrotados los que hoy están bloqueando las decisiones del gobierno; pero es el gobierno el que les está sirviendo la revancha en bandeja, llevando al extremo la ideología y señalando al «enemigo» en cada una de sus acciones, exactamente igual a como hicieron sus antagonistas, solo que en la dirección opuesta.
Así, la Argentina no irá a ningún lado.




