No llegaron a pasar cuatro horas que el dimitente y dimitido (ofensor y ofendido) borró con el codo lo que había escrito con la mano y decidió hacerse rogar, como niña de conservatorio.
En poco más de lo que canta un gallo, el republicano ofendido «declinó» en los términos más humillantes que se conozcan la renuncia que horas antes había presentado con un inusitado nivel de convicción y, tras una reunión con el Gobernador de la Provincia, acordó seguir en el cargo que venía ocupando, como si nada hubiera pasado.
Superando por grandes distancias a Groucho Marx, pero sin un puro entre los labios, el arrebato del ministro (y campeón olímpico del feminismo) concluyó con la conocida frase: «Estos son mis principios. Y si no le gustan, tengo otros».
Pero si el asunto se podía arreglar con unas simples disculpas, ¿a cuento de qué el paripé de la renuncia vociferada por el hombre del honor mancillado?
Evidentemente, algún resultado positivo (en términos de exposición pública) ha tenido la pataleta principista del ministro, pues durante varias horas su oronda figura estuvo en las portadas de casi todos los diarios digitales de la zona. Una vez más, el descontrolado apetito por los focos le ha jugado una mala pasada.
Pero más allá de los amagues y arrugues, lo cierto es que la boca descontrolada del pez que se resiste a morir ya había soltado antes al viento que la «declinación» de las renuncias no es propia de los «hombres de bien». ¿Cómo arreglar ahora el desaguisado?
¿Se conformará Sáenz con tener en su gabinete a una persona hecha de fibras morales bastante variables? ¿Aceptará el más ególatra de los ministros del gobierno provincial convivir de aquí en más con la etiqueta de «hombre de pocas convicciones»?
Lo cierto es que quienes ya habían descorchado el champagne para celebrar el funeral político más esperado del último lustro, tendrán que esperar a que una psicóloga del Poder Judicial (a ser posible, con diploma de especialización en perspectiva de género) determine si estamos ante un caso de comportamientos paradojales o si los ciudadanos debemos seguir fiándonos de las mentiras y de las falsas promesas de alguien que ha demostrado sobradamente que solo le importa su propia imagen (el famoso ma, me, mi, conmigo) y que no duda a la hora de provocar agudas crisis de gobierno por un «quítame allá» esas acusaciones. Es decir, por arrebatos infantiles.
Está visto que unas disculpas bien colocadas son más que suficientes para que esos orgullosos pavos reales que abomban su plumaje al primer ruido lo recojan y sigan su camino en el bosque como si no hubieran escuchado nada.
