El problema no es que un representante del gobierno haya asistido a un acto exclusivamente sindical, algo que si bien no es del todo normal o deseable, es bastante frecuente.
Si el Vicegobernador hubiera permanecido calladito, y se hubiera limitado a estrechar educadamente las manos de los electos, no habría mayores objeciones a su presencia. Pero una cosa es estar parado como un florero y otra cosa es experimentar la tentación de «pronunciar unas palabras» y aprovechar la ocasión para decirle al antagonista sindical qué debe hacer de su vida y cómo debe comportarse.
Desde este punto de vista, lo que hizo Marocco no es otra cosa que interferir en el ejercicio regular del derecho a la libertad sindical. No son los gobernantes los que tienen que decirle a los sindicatos, ni a título de recomendación o de consejo, lo que deben hacer o no hacer.
Pero Marocco cree (desde hace cincuenta años, por lo menos) que los sindicatos son un apéndice del Estado, como lo era el sindicato vertical franquista. Y más todavía, que son una «rama» de la variada y nunca bien avenida «familia» peronista.
Por eso es que, empleando un tono paternalista muy característico en personas de cierta edad, Marocco les ha dicho a los sindicalistas de Vialidad cosas como estas: «Los trabajadores no solamente discuten las cuestiones de su gremio y de sus salarios. También tienen la obligación de discutir qué proyecto de provincia y de país quieren para ellos, para su organización y para los trabajadores del país en general».
¿Por qué? ¿Y si no quieren discutir lo que Marocco les propone? Déjele usted a ellos, señor Vicegobernador, la libertad de decidir qué discutir y qué no. No les señale ninguna obligación, porque ni usted está para eso, ni los sindicatos tienen por qué allanarse a que el gobierno les imponga obligaciones morales.
Ellos sabrán si les conviene estar unidos y organizados, o si, por el contrario, se sirve mejor a los intereses que representan sin unidad y sin organización. ¿Por qué habrían de comulgar con la idea de «comunidad organizada», que es un invento cuasifascista de los años cuarenta del siglo pasado pensado para forjar un sindicalismo estrechamente asociado al poder militar?
Solo la idea de que «trabajadores, políticos y empresarios deben transitar juntos ese camino» es una formidable negación de la amplia libertad reconocida a cada uno de los interlocutores sociales por la Constitución, las leyes y los convenios internacionales para elegir el camino que mejor les convenga.
Pero los trabajadores y sindicalistas presentes ni se inmutaron. Para ellos, que un gobernante se líe al cuello la estola arrasada, agarre el hisopo y los rocíe con agua bendita es probablemente lo mejor que podría pasarles.
Así lo confirman las emotivas palabras del secretario general de la CGT salteña, señor Carlos Rodas, quien ha dicho que «Más allá de los cargos, tengo una admiración por Antonio (Marocco) como persona, profesional y hombre público».
Tan bien asesorado que parece el señor Rodas, su inesperado elogio requiere de algunas precisiones verbales, pues el indisputable respeto y admiración que despierta la figura ya venerable del Vicegobernador, como persona y hombre público, deja de ser tan encomiable en el aspecto profesional. ¿A qué profesión se refiere el señor Rodas?
