La noticia es sorprendente, puesto que lo que se desprende de ella es que el próximo Ministro de Seguridad del gobierno provincial deberá contar con el «visto bueno» de un funcionario que se va, que deja el gobierno para dar rienda suelta a sus apetitos electorales.
Tampoco consultó con el coronel Juan Manuel Pulleiro el nombre de Abel Cornejo, que lo reemplazaría al frente del Ministerio de Seguridad.
¿Por qué ahora Sáenz tiene que «analizar» con Cornejo el nombre de su sucesor como si el cargo le perteneciera en propiedad al señor Cornejo?
Esta «consulta», si se produce, rebaja notablemente la autoridad del Gobernador de la Provincia y habla bastante mal de su autonomía e independencia a la hora de nombrar a sus colaboradores más inmediatos.
Si Cornejo no desmiente este «análisis» improcedente y lesivo de la autoridad gubernamental, deberá entenderse que lo que busca es que su sucesor no revuelva el pasado en contra de él. Lo hizo anteriormente cuando abandonó la Corte de Justicia para hacer un «switch» con Pablo López Viñals y más tarde cuando dejó el cargo de Procurador General, con Pedro García Castiella, si bien este último no parece seguir a pie juntillas los criterios de Cornejo.
Ningún ministro abandona el gobierno en la cúspide de su poder. El que se va no solo pierde su silla sino que pierde la confianza del Gobernador (por infiel o por desertor). Ningún ministro cesante debería elegir a su sucesor ni ser consultado sobre quién lo va a reemplazar, como ningún entrenador de un equipo de fútbol que marcha último en la tabla de posiciones está en capacidad de sugerirle al presidente del club el nombre de un posible sucesor.

