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  • Una transversalidad mal entendida y peor practicada
  • El Gobernador de la Provincia de Salta ha presentado hoy en sociedad un «programa gubernamental» para potenciar «el federalismo y la unidad de los salteños» (en realidad, un programa para su reelección).
Imagen de la presentación del programa
Imagen de la presentación del programa

Lo ha hecho ante un auditorio integrado, entre otros por «los principales referentes de la sociedad civil y sus instituciones intermedias».



La afirmación es sencillamente sorprendente, porque nadie sabe quién ha determinado, ni por qué procedimientos, que los asistentes a la reunión convocada por el gobierno sean los «principales» referentes de la sociedad civil y sus instituciones intermedias. ¿Cuáles son los criterios para atribuir esa «principalidad»?.

Luego, los objetivos que persigue el programa anunciado por el gobernador Gustavo Sáenz (despegue del sector productivo, almacenamiento de combustible, tarifas igualitarias en transporte y electricidad, inversión en energía renovable, más infraestructura, dominio de los recursos naturales y un mejor régimen de zona franca) no tienen nada que ver ni con el federalismo ni con la unidad de los salteños (conceptos en cierto modo antagónicos).

Si el sector productivo de Salta no «despega», si hay un deficiente almacenamiento de combustible, si las tarifas del transporte y la electricidad son más caras en Salta, si las inversiones en energías renovables son casi inexistentes, si el déficit en infraestructuras es intolerable, si el dominio de los recursos naturales está en entredicho y el régimen de zona franca no da los resultados esperados, no es un problema de federalismo (de falta o de exceso de él) sino de la penosa ineficiencia de los gobiernos que han precedido al de Sáenz (Romero más Urtubey), incluida la baja estatura política e intelectual de los representantes electos por Salta en el Congreso Nacional.

¡Quién puede dudar de que Salta necesita más dinero para desarrollarse! Pero aunque el federalismo funcionara a las mil maravillas, no hay nada que asegure que Salta pueda disponer en el futuro de los recursos que ahora le faltan. Echarle la culpa al centralismo del puerto y no mirar ni criticar los errores clamorosos de los gobiernos que se sucedieron en Salta desde 1995 en adelante es agravar el problema y no solucionarlo.

Sáenz habla de «construir un proyecto colectivo superador», pero si la base de este proyecto es el lamento por el federalismo insatisfecho, el proyecto no será colectivo y menos será «superador». El camino de la queja y de la reclamación está agotado y se requiere otro tipo de respuestas. Respuestas que Sáenz no da y -por lo que se ve- se resiste a explorar.


Los problemas de Salta en materia económica (cohesión social y territorial) no se solucionan con «una agenda común federal que reclame urgentes respuestas», porque por mucho que la agenda sea prolija y precisa, las respuestas -si se producen algún día- puede que no sean ni urgentes ni pertinentes.

El Gobernador convoca «a la unión de todos los sectores independientemente de sus ideologías políticas», pero al mismo tiempo sus alfiles afilan pacientemente en las sombras las herramientas que les permiten dividir a la ciudadanía para poder seguir reinando.

Dice Sáenz que “nada se construye desde el odio y el resentimiento, ni desde la intolerancia y la agresión, pero los beneficios de la «armonía universal» tampoco están muy claros. En tiempos de aumento extraordinario del odio, el resentimiento, la intolerancia y la agresión, el desafío de Sáenz es enorme, y no es precisamente con discursos sesgados, pronunciados ante invitados seleccionados con criterios «principalistas» absolutamente desconocidos es que se lucha contra el odio creciente.

Prácticamente ninguno de los objetivos socioeconómicos que se propone Sáenz se podrá alcanzar con los legisladores nacionales que tiene Salta. A excepción hecha de alguna o de alguno, la gran mayoría de ellos carece de ideas y de equipos para instrumentar lo que Sáenz se propone, muy a pesar de la «transversalidad» que promete.

La «transversalidad» de Sáenz es un eco lejano de los consensos patrióticos romeristas; es decir, una llamada al pie para seguir apoyando el endiosamiento atemporal de quien lleva casi 40 años hundiendo a los salteños en las profundidades por una obsesión mayestática personal.

Si Sáenz ha sido capaz de reformar la Constitución entre gallos y medianoche con un equipo mínimo, impermeable al diálogo y encerrado en la contemplación de su propia ignorancia, no se puede esperar que en materia económica se produzca el milagro y el gobierno escuche a todos los interesados, empezando por aquellos que no tienen voz ni representación, porque son pobres, excluidos o vulnerables.

Este penúltimo arrebato «federal» de Salta nace con el estigma de la parcialidad y el mesianismo, dos ingredientes fundamentales del populismo tardonoventista, cuyo fracaso ya ha sido certificado por una realidad implacable.



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