Y más lamentable todavía saber que los «pasajeros» de esta imprescindible facilidad pública deben abandonar las instalaciones a las 8 de la mañana, exactamente a la hora que se produce el pico de la helada, para a esa hora volver a calentarse haciendo arder champas debajo del puente de la Esteco, o donde la vida haya decretado que deban vivir.
Pero en el capítulo de «asistencia social», nos parece muy poca cosa que las actuaciones del gobierno se limiten a asesorarlos para que saquen el DNI o animarlos a que «se revinculen» con sus familias.
Las personas sin hogar no solo padecen la falta de identificación o la pérdida de lazos con sus familiares. Sus problemas de integración son mucho más complejos (enfermedades mentales, adicciones, una vida hecha en la calle, etc.) y requieren por tanto de soluciones más complejas que la expedición de un simple carnet o la propuesta de «volver con sus familias», pues muchos de nuestros homeless no tienen una, y, si la tuvieran, en muchos casos no quieren saber nada con volver con ellas.
Bien hace el gobierno en evitar que perezcan escarchados bajo las estrellas, pero mucho mejor haría en enfocar el «sinhogarismo» con una visión que vaya un poco más allá del abrigo transitorio y los parches estacionales. Aunque muchos de los alojados en el «hogar de noche» prefieren seguir viviendo en la calle, no es de descartar que algunos sueñen con vivir en una casa, con techo, con puertas y ventanas, y con la posibilidad de controlar mejor la ventilación y la temperatura de su hábitat.
Otros muchos preferirían tener un oficio que les permitiera trabajar y ganarse la vida, antes de andar dando tumbos como lowlives por solo Dios sabe dónde.
Por eso es que la «asistencia social» no solo se debe dirigir a los homeless sino al resto de la sociedad, para enseñarles a los settled que deben facilitar la integración o reintegración de aquellas personas a las que la vida parece haber condenado a vivir en la calle, pero que en realidad viven allí porque somos demasiado egoístas o engreídos como para aceptarlos junto a los nuestros.
Pensemos en todas las cosas que se podrían hacer por las personas sin hogar con la pensión al mérito artístico del Chaqueño Palavecino —que no la necesita (hasta el punto que ha decidido donarla) y que no podrían habérsela concedido sin que él la pidiera expresamente— y con todo el dinero de tanto gasto inútil en que incurren las administraciones públicas.
