Pocas veces se habían visto —o, mejor dicho, escuchado— manifestaciones como estas en el RCDE Stadium, o estadio de Cornellà, en plena ciudad de Barcelona, seguramente la más cosmopolita de España.
Yo creo, sin embargo, que esta apresurada asimilación entre «racismo» e «islamofobia» es incluso más peligrosa que el odio que se desprende del inoportuno cantito futbolístico.
Más que molesta por un suceso (grave) de discriminación por razones religiosas, la sociedad española debería sentirse agraviada por esta confusión entre el odio religioso y el odio racial, cuyas consecuencias pueden ser muy peligrosas.
El «¡Musulmán el que no bota» es, como se sabe, una especie de adaptación de nuestro «¡el que no salta es un inglés!», con el que la hinchada argentina saca a pasear de vez en cuando su arraigado sentimiento anglófobo. Sin embargo, pocos creen en la Argentina que se trate de un cántico «racista» o «anglicanófobo».
Desde luego, «¡el que no salta es un inglés!» no tiene ninguna justificación y es reprochable como cualquier gesto de xenofobia; pero cuando se lo escucha, es imposible olvidar —y menos en un día como hoy— que el Reino Unido fue, lo queramos o no, el último enemigo bélico de la República Argentina.
Se podrá decir también que unos musulmanes fueron enemigos bélicos de los españoles, pero desde luego que no fueron los últimos. Además, la ocupación árabe de la Península Ibérica y las guerras de reconquista tuvieron lugar hace un montonazo de siglos. Dicho en otros términos, bastante ha llovido entre el Cid Campeador y Margaret Thatcher.
Pero si los españoles de hoy tienen tan buena memoria para seguir despreciando al Islam catorce siglos después, deberían tenerla también para revisar críticamente su «tecnología» de conquista, entre los siglos XVI y XIX, y no hacerse los olvidadizos y desentendidos cuando se les habla de América.
La islamofobia de la otra noche pudo haber tenido componentes racistas, desde luego; pero si los ha tenido es porque una cierta clase de hinchas ignorantes hace una amalgama indigna entre musulmanes y árabes.
La misma noche, a la misma hora en que España cruzaba espadas con Egipto, el seleccionado italiano se miraba las caras con el de Bosnia y Herzegovina, en un partido que, como ya sabemos, acabó de forma desastrosa para los peninsulares.
El caso es que el equipo bosnio estaba integrado por un porcentaje de jugadores musulmanes superior al 60%. Sin embargo, si los Bošnjaci hubieran jugado en el estadio de Cornellà, nadie les habría reprochado ni su raza ni su religión.
¿La razón? Todos los jugadores musulmanes del seleccionado de Bosnia son eslavos del sur, al igual que los serbios y los croatas. Es decir, son blancos y de rasgos caucásicos; no son de origen turco, árabe, persa u otomano, sino descendientes de la población eslava que se asentó en los Balcanes durante la Edad Media y que, en su mayoría, se convirtió al Islam durante el dominio otomano (siglos XV-XVI).
Claro, Bosnia está en el corazón de Europa y Egipto está en el África, aunque alguna vez los faraones hayan dominado el mundo.
Y ya se sabe: una cierta clase de hispanos —afortunadamente minoritaria— desprecia el África con gusto. Curiosamente, son los mismos que se rasgan las vestiduras por los palestinos gazatíes, los libaneses o los iraníes y condenan a Israel; pero cuando nadie los ve, meten a los marroquíes, a los tunecinos, a los libios y a los egipcios en el mismo saco. Por no hablar de lo que piensan de los países del África subsahariana.
Al final, todo este escándalo de Barcelona parece ser un caso claro de «address discrimination», como el que ocurrió cuando el dueño del restaurante China Panda no le quiso enviar a Elaine Benes a su casa un supreme flounder (first time served in America), porque su repartidor chino no hacía deliveries por debajo de la calle 86.


