Ayer, en la Casa Blanca, el Presidente de los Estados Unidos pronunció un discurso incluso más incoherente que el que días pasados pronunció el presidente argentino Javier Milei en el Congreso, cuando llamó «Chilindrina troska» a la diputada izquierdista Miryam Bergman.
Lo más llamativo del discurso de Trump no fue la referencia a Pelé o a su amigo Cristiano Ronaldo, ni la mezcla irreverente entre Javier Mascherano y Scott Bessent, sino el sospechoso elogio a la apariencia física de Luis Suárez y de Rodrigo de Paul.
Es posible que Donald Trump haya puesto más énfasis en alabar las cualidades estéticas de los jugadores sudamericanos del Inter que en glosar las hazañas del capitán de la Selección Argentina, que —a diferencia del resto del equipo— entró a la sala flanqueando al Presidente por la izquierda, de «falso 9», digamos.
Pocas veces ha tenido Trump (ni la Casa Blanca) un visitante tan ilustre y universal como Lionel Messi. De hecho, el trato de príncipe que recibió el delantero rosarino en Washington haría enrojecer de vergüenza a Putin, a Zelensky y al mismísimo Netanyahu. Y ni hablar del presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, calificado ayer mismo por Trump como «loser».
De hecho, al estrechar la mano del capitán de los Campeones del Mundo, Trump estuvo mucho más educado y comedido que cuando saluda a Emmanuel Macron, al que sacude como colcha vieja.
Si a finales de 2022 Messi tenía un apoyo superior al 80% para convertirse en Presidente de la Argentina, hoy es muy probable que esté superando en popularidad al mismísimo Presidente de los Estados Unidos, no solo en su propio país sino en el mundo entero.
Messi demuestra todos los días —y lo demostró ayer en la Casa Blanca— que para conquistar al mundo no hacen falta portaaviones ni bases en el Golfo sino una buena pierna izquierda y un cerebro privilegiado.
