La realidad informativa, sin embargo, nos habla de las terribles peripecias de una joven mujer japonesa, con un pequeño hijo nacido en el país, presunta víctima de una incalificable violencia machista, de abusos sexuales y de privación ilegítima de la libertad.
En Salta, como en pocos lugares del mundo, el feminismo tiene un marcado sesgo nacionalista; es decir, que si la mujer que ha sido víctima de la violencia machista no es una criolla engordada en nuestros feraces valles, su condición de extranjera prima por sobre su género.
Así ha sucedido y sigue sucediendo, por ejemplo, con las turistas francesas, violadas, torturadas y asesinadas en 2011 en Salta, que, según opinan algunas feministas vernáculas, no son merecedoras de toda la «sororidad» por provenir de «un país opresor».
Con la joven japonesa va a ocurrir otro tanto, si es que las autoridades no se ponen firmes y tramitan su denuncia como corresponde e investigan a fondo el asunto. Es necesario que las autoridades demuestren que son capaces de proteger a las personas vulnerables, cualquiera sea su procedencia nacional y el lugar de nacimiento o arraigo de su agresor.
No muchos salteños son aficionados a la ópera (les tira más la cumbia villera), pero aun en nuestro despiste estético debemos hacer todo lo posible para que esta triste historia no termine como la Madama Butterfly de Puccini.

