No imagino a Adolf Hitler maltratando verbalmente al primer ministro Neville Chamberlain en Munich en 1938; ni señalándolo con el dedo índice, ni amenazándolo con que el III Reich va a quedar fuera del acuerdo pacificador que aquel año permitió la invasión de los Sudetes.
Artemis N. Falkmore no fue Presidente de los Estados Unidos de América. Pero ¿a que suena a nombre de Presidente?
El nombre se lo inventó George Costanza en el episodio The Van Buren Boys, de la octava temporada de Seinfeld.
En este episodio, George sufre el bullying de una pandilla callejera (los Van Buren Boys, precisamente), cuyos integrantes lo obligan a hacer maldades, como atracar a personas en la calle, para que George demuestre que es uno de los suyos.
Precisamente es eso lo que ha hecho ayer Donald Trump con el Presidente ucraniano Volodimir Zelensky. Es decir, le ha hecho bullying.
O quizá peor: se ha comportado con el líder de Ucrania como el director de la escuela reprendiendo al alumno díscolo. Faltaron unos quince segundos para que Trump mandase a Zelensky al rincón con orejas de burro.
Trump no es ni fino ni elegante como Chamberlain lo fue con Hitler, y viceversa. Es lo que en Salta podríamos llamar un malevo.
Esa entelequia que durante décadas nos empeñamos en llamar el mundo libre está ahora liderada por un bocafloja muy mal hablado; por un bully de colegio secundario de esos que en las películas empujan violentamente al protagonista contra la puerta de los lockers y llevan a pasear a the queen of the prom en un descapotable.
Dondequiera que esté, el barbudo Artemis N. Falkmore debe estar en estos momentos lamentándose de que la diplomacia estadounidense haya descendido tanto de nivel y que la paz del mundo dependa ahora de uno de los Van Buren Boys.
