Al parecer, los perros que bajan desde las alturas acompañando a sus dueños, aunque son muy religiosos y milagreros, se despistan en la gran ciudad, se pierden en la muchedumbre y luego no regresan a sus lugares de origen, pasando a engrosar así la vasta legión de perros «en situación de calle» (léase caschis atorrantes) que forma parte ya del paisaje urbano de la capital salteña.
La peregrinación perruna se ha convertido así en una nueva forma de maltrato animal, a pesar de los esfuerzos de algunas organizaciones de voluntarios que intentan clasificar a los perros con cintas de colores para distinguirlos por su lugar de procedencia.
El problema ha escalado hasta el punto de que en Salta son ya más numerosos los grupos que trabajan con los perros que los que lo hacen con los peregrinos humanos, a pesar de que los animales resisten bastante mejor que sus dueños las largas caminatas y requieren menos mantenimiento.
