Durante los últimos cuatro años, el Gobernador de la Provincia de Salta no ha ahorrado gestos para demostrar, antes y después de las votaciones, que diputados como Pamela Calletti, Yolanda Vega o Pablo Outes pertenecen a su riñón, y que, para ellos, los deseos y las urgencias políticas de Gustavo Sáenz están por encima de la Constitución.
Aquí la «patria» es Sáenz. Por lo menos para Calletti (que ya sabemos) y para Outes, a quien el incombustible y eternamente confuso Julio San Millán ha impulsado en campaña como «diputado de Sáenz».
¿Volverán los falsos kirchneristas salteños a hacer causa común con Emiliano Estrada (otro falso kirchnerista) o con Carlos Zapata (último compinche de Estrada en las pasadas elecciones provinciales)?
Parece mucho más claro que los electos Emilia Orozco y Julio Moreno Ovalle se echarán al hombro al mileísmo salteño en la Cámara de Diputados de la Nación, pero ¿serán los únicos?
¿Qué tipo de oposición pueden hacer los demás si al final el Gobernador de Salta decide retomar la «huella recta»?
Estas pequeñas o no tan pequeñas contradicciones son las que desdibujan el perfil de Salta en los grandes foros nacionales. Desde hace muchos años los salteños becamos para el Congreso de la Nación a hombres y mujeres cuyo único mérito consiste en haber aprobado cum laude un máster en overismo.
Sáenz tiene que decidirse rápido, porque es él y no los votantes los que deciden que lugar ocupa cada diputado salteño en el Congreso Nacional y en qué roscas se sienta cada uno.
