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Nicolás Redondo Terreros
Nicolás Redondo Terreros

A cuatro días de la celebración de elecciones generales en España, todo son especulaciones. Hay muy pocas certezas. Quizá la única es que el Partido Socialista Obrero Español del presidente Pedro Sánchez ha perdido las elecciones y que su contrincante, el Partido Popular las ha ganado; en votos y en escaños.



Quienes transmiten la idea contraria (la de que Sánchez ha ganado) son los que celebran que el partido del gobierno y sus socios de coalición no hayan sufrido en las urnas el descalabro que se había insinuado en las elecciones autonómicas y municipales del pasado 14 de mayo. Pero el PSOE no ha ganado, ha perdido las elecciones. Y esto lo debemos decir bien alto y claro los que muchas veces lo hemos votado.

Aun así, con apenas un escaño más y escasos 800.000 votos de diferencia positiva respecto de las elecciones de 2019, Pedro Sánchez es ahora mismo el líder que más posibilidades tiene de convertirse en el próximo Presidente del Gobierno. ¿Cómo es esto posible si el PSOE ha perdido las elecciones?

La peculiar aritmética del sistema parlamentario no es suficiente para explicar este fenómeno. El PSOE y sus socios ultraizquierdistas tienen aproximadamente la misma cantidad de escaños que el «bloque de la derecha» (que no existe como tal), conformado por el Partido Popular y los ultraderechistas de Vox. Por tanto, la explicación pasa por otro lado.


Sí existe, en cambio, un «bloque de izquierda», por la sencilla razón de que Sánchez gobierna efectivamente y en coalición con los ultraizquierdistas de Unidas Podemos - Sumar, con los que apenas ha tenido discrepancias, mientras que el Partido Popular, que ya tenía un acuerdo con Vox en Castilla y León, ha anudado pactos más o menos traumáticos con los ultraderechistas en Extremadura, la Comunidad Valenciana y Baleares, mientras que en Murcia y Aragón, aunque podría hacerlo, los gobiernos de estas comunidades aún están en el aire. Salvo el caso de Valencia -todavía inexplicable- en la comunidades más importantes gobernadas por el PP (Andalucía y Madrid) no hay ni consejeros ni pactos de gobierno con los ultraderechistas de Vox.

El candidato más votado en las elecciones del pasado domingo, Alberto Núñez Feijóo tiene ahora mismo muchas menos posibilidades de optar a la investidura que el candidato perdedor. Solo la abstención en la votación de investidura del partido del prófugo Carles Puigdemont (Junts pel Sí) le daría a Sánchez un nuevo periodo de gobierno.

Creo que ahora -una vez que la campaña ha terminado y que los españoles se han expresado en las urnas- no es el momento de debatir si Sánchez lo ha hecho bien, mal o regular. Evidentemente, si lo hubiera hecho tan «bien», como sostienen quienes lo apoyan sin reservas, habría ganado las elecciones con comodidad. Pero no las ha ganado, las ha perdido.


Las elecciones municipales y autonómicas del 28 de mayo de 2023 constituyen una mala referencia para medir los resultados del 23 de julio. Si, efectivamente, se comparan las dos, está bastante claro que el PSOE no ha sufrido en las elecciones más recientes el gigantesco descalabro que preanunciaban las elecciones anteriores. Pero esta comparación es inoficiosa y distorsiva, pues incluso el haber mejorado sus resultados de 2019 no le ha servido al PSOE para ganar las elecciones de 2023, ni las primeras ni las segundas.

El tan temido «bloqueo» solo se produciría si, en un gesto de elemental coherencia (o de obstinada decencia, si se prefiere), el presidente Sánchez se niega a pactar su investidura con los partidos nacionalistas e independentistas (Junts pel Sí, Esquerra Republicana de Catalunya o EH Bildu). Pero es muy difícil que algo como esto ocurra, entre otros motivos porque durante la campaña para las últimas elecciones, Sánchez negó una y otra vez que contara con el apoyo de EH Bildu para gobernar. Quien negó ayer puede también negar mañana y hacer lo mismo que viene haciendo.

Pero volver a votar no es lo peor que puede pasarle a la democracia española, insisto. Mucho peor sería que en las próximas semanas se alumbre un gobierno esculpido y sostenido por los nacionalistas, por los prófugos de la justicia española, por los albaceas de una organización terrorista felizmente extinguida y por quienes no creen en España, en su Constitución y en el Jefe del Estado.


Los socialistas críticos reaccionan

Por eso, en las últimas horas se han levantado voces que intentan desdramatizar el hipotético escenario de repetición electoral y, más todavía, que abogan, con sólidos argumentos, por un «acuerdo de Estado» entre el Partido Popular y el Partido Socialista Obrero Español para facilitar la investidura de Alberto Núñez Feijóo como Presidente del Gobierno.

Entre estas voces, destaca la de Nicolás Redondo Terreros (hijo del recientemente fallecido Nicolás Redondo Urbieta, histórico líder de la UGT) quien ha pedido un pacto entre PP y PSOE porque entiende que este tipo de acuerdo prestigiaría en Europa a Sánchez y a Feijóo.

Redondo Terreros habló en Madrid en representación de un grupo de veteranos militantes y exdirigentes del PSOE agrupados en el colectivo Francisco Giner de los Ríos, que trabajan por un gran acuerdo entre las principales fuerzas políticas españolas para que «España no dependa de Puigdemont».

Figuras destacadas de la izquierda moderada española hablan de una «importante recuperación del bipartidismo» dado que PSOE y PP suman más del 60% del electorado, algo que, según Redondo Terreros, «no ocurría en décadas» y que a su juicio debería traducirse «en un entendimiento en las cuestiones de Estado» entre las dos principales formaciones del Parlamento.


Redondo Terreros afirma que los españoles han decidido en las urnas que un partido «radical» y «extremo» como Vox no forme parte del Gobierno. Para Redondo, el acuerdo entre Sánchez y Feijóo no solo prestigiaría a España en Europa, sino que, al contrario, el desacuerdo haría que el resto de los europeos comenzara a pensar que España es un país diferente.

En el discurso de Redondo no ha faltado una mención explícita al expresidente del Gobierno, Felipe González -que antes de las elecciones abogó por un regreso a la «centralidad» y a la «moderación»- y al que fuera su número dos tanto en el Ejecutivo como en el PSOE, Alfonso Guerra. Estos dos históricos del PSOE no solo defienden la unidad de España frente a los nacionalismos excluyentes y sectarios, sino que -a diferencia del también expresidente José Luis Rodríguez Zapatero- condenan la dictadura de Nicolás Maduro en Venezuela y descreen del populismo izquierdista en América Latina.

Contra el llamamiento al «gran acuerdo» lanzado por los socialistas críticos conspiran no solo las ambiciones de poder de Pedro Sánchez, sino la propia existencia de Vox como partido extremo e intolerante de la diversidad y la dura campaña del PP que llamó a los españoles a «derogar el sanchismo».

Pero nada parece perdido. Santiago Abascal el líder de Vox se ha manifestado partidario de votar la investidura de Núñez Feijóo «sin pedir nada a cambio» (es decir sin imponer condiciones ni pretender entrar en el Gobierno) y un giro en la estrategia del líder del PP que parece dispuesto a no cuestionar, de aquí en adelante, la estatura política de Pedro Sánchez.



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