La flamante senadora fue la figura más visible de esa victoria, aunque no necesariamente la más decisiva. Desde la Secretaría General de la Presidencia, Eduardo Lule Menem, mano derecha de Karina Milei, apuntaló las negociaciones que permitieron al oficialismo alcanzar una holgada mayoría de senadores a la hora de votar en el recinto. Menem y el ministro del Interior, Diego Santilli, apuraron gestiones que refrescaron las tesorerías de provincias amigables y facilitaron así el éxito que la senadora Bullrich condujo sobre el terreno.
Pese a la tentación de magnificar esa amputación, el oficialismo se esforzó en poner buena cara al mal tiempo y completar en el Senado el jueves 26 de diciembre, a cualquier costo, la aprobación del proyecto tal cual lo había sancionado la Cámara Baja. Asumido el recorte que esta le había impuesto, el desafío era ahora evitar nuevas enmiendas, que hubieran determinado la necesidad de un nuevo tratamiento en Diputados, es decir, que 2025 concluyera con el Presupuesto 2026 todavía en trámite.
Ajustar las marcas
El desafío tenía sus complicaciones porque la oposición en Diputados, concentrada en impedir que el gobierno reincidiera en revertir el financiamiento a universidades y discapacidad, había dejado pasar dos puntos también controversiales con recortes en educación y en ciencias, y estos asuntos aflorarían en el debate de la Cámara Alta. Con el riesgo de que se reprodujera allí la confluencia opositora que había funcionado en Diputados en la votación en particular del proyecto. En aquel caso, el oficialismo había supuesto que las negociaciones con los gobernadores predispuestos a ayudar estaban favorablemente cerradas con el compromiso de la aprobación en general y se encontraron con una sorpresa cuando incorporaron los artículos referidos a universidades y discapacidad. El apoyo no los incluía.Esta vez, en el Senado, el oficialismo ajustó las marcas para evitar equívocos, volvió a abrir la billetera y amplió el universo de beneficiarios. El trabajo minucioso rindió frutos. El proyecto fue aprobado en general y en particular con amplias diferencias a favor. Los votos positivos superaron en todos los casos los 41, es decir que el oficialismo consiguió duplicar su fuerza propia con la ayuda de gobernadores peronistas y provincialistas que aconsejaron a sus senadores (los de Tucumán, Catamarca, Misiones, Chaco, Neuquén, Salta, Santa Cruz, Chubut); sumó el apoyo del radicalismo (del que se sospechaban reticencias en la votación en particular por su compromiso discursivo con los temas educativos), retuvo el voto de un independiente y tornadizo Luis Juez y hasta los del Pro, pese a la puñalada trapera que el macrismo considera haber sufrido unos días antes cuando los libertarios acordaron con el kirchnerismo y, en una operación sorpresiva y nocturna, se repartieron tres puestos de conducción en la Auditoría General de la Nación y desdeñaron el deseo expresado por Mauricio Macri de incluir en esa instancia a Jorge Triaca.Un tabú y una herramienta menos
Este acuerdo merece un párrafo más: al concretar esa negociación con el kirchnerismo la conducción libertaria dio una señal de pragmático realismo: hay temas en los que se necesitan mayorías y al menos en ellos puede ser imprescindible acordar con el adversario más lejano. Con la actual distribución de fuerzas es probable que acuerdos del mismo tipo se requieran para ampliar la Corte Suprema o hacer designaciones que exijan mayorías especiales. Sería contradictorio que, alegando argumentos institucionales, se rechazaran acuerdos que surgen dentro de una lógica institucional.Más allá de esa circunstancia, el acuerdo por la Auditoría le bloquea al oficialismo el recurso de la demonización del kirchnerismo al que ha acudido frecuentemente (con mucho rédito) y que le permitió desde inicios de su gestión convertir en un tabú cualquier intento de terceras fuerzas de confluir circunstancialmente con todo o parte del universo K (hoy en estado de dispersión). Quedó demostrado que los libertarios pudieron coincidir con el kirchnerismo en el reparto de los auditores sin que ese convenio contaminara ideológicamente a uno u otro. Las dos partes ocuparon las posiciones y conservaron su identidad propia.
Con la aprobación del presupuesto, el gobierno llegó así a finalizar un año en el que se ha fortalecido políticamente, ha modificado su estilo (se muestra más dúctil y negociador, menos agresivo), ha transformado su cúpula (en la que se destaca ahora, junto al Presidente, con mayor nitidez, la figura de Karina, que maneja el partido oficialista e interviene con firmeza en varios departamentos del Estado) y, después de acreditar éxitos en el combate a la inflación, debe ahora lidiar con otras asignaturas económicas acuciantes: el crecimiento de la inversión, producción y el empleo y la acumulación de reservas. Cada año tiene su afán.




