No había entonces WhatsApp ni otra forma de anunciarse con cierta antelación que presentarse en persona en la casa parroquial, así que mi padre se dirigió desde el edificio municipal a la pequeña vivienda que había aneja a la iglesia del pueblo.
Al darse cuenta el sacerdote de la inesperada visita, nerviosamente echó unos trapos de cocina sobre una pequeña montaña de alimentos que tenía sobre la encimera, con la intención, mucho más que evidente, de que mi padre no los viera.
Pero ya era tarde. El andariego candidato había advertido la maniobra ocultadora del párroco y, por la hora, no tuvo más remedio que preguntarle: «¿Qué cosita rica está guardando ahí, padre?».
El cura enrrojeció de vergüenza casi de inmediato, pero en un arrebato de sinceridad cristiana confesó: «Aquí tengo unas milanesitas, doctor, si usted gusta».
Evidentemente, como ha dicho otro párroco 70 años después de aquella visita protocolar, la Semana Santa no solo consiste en no comer carne o en atiborrarse de chocolate. Se trata de dar «un paso en la vida».
La sinceridad es el primer paso de un largo camino.




