Durante más de cuarenta años, he tenido el privilegio de presenciar las hazañas de los más grandes maestros de esta disciplina en los torneos más prestigiosos que recorren los cuatro rincones del planeta, desde Francia hasta Mónaco, pasando por Argentina y los Estados Unidos.
Estos héroes modernos han sabido encarnar la esencia misma de la superación personal y la búsqueda incansable de la perfección.
Hoy, 25 de noviembre de 2024, se abre ante mí una nueva aventura deportiva, marcada por una búsqueda igual de emocionante: el descubrimiento del pádel.
Este deporte de pelota, aún desconocido para mí, me llama como un horizonte inexplorado, una promesa de nuevas sensaciones. La elección de la fecha y del lugar no es casual: estoy en Salta, la Linda, esta joya del norte argentino, cuya belleza salvaje resuena con la intensidad de mi nuevo impulso. Salta se ha consolidado hoy como un epicentro mundial del pádel, acogiendo este año al Master, un torneo internacional de primer nivel donde compiten los mejores jugadores del planeta. Algo así como un "Master 1000 del tenis", pero para el pádel, con una atmósfera que trasciende las fronteras deportivas y se convierte en un auténtico punto de encuentro para las pasiones humanas.
Así, al abrazar esta nueva disciplina, no busco simplemente revivir las sensaciones de antaño, sino explorar lo que cada deporte revela sobre el ser humano: sus límites, sus ambiciones y su manera única de tejer un vínculo con el universo. Porque, en el fondo, el deporte es una metáfora de la vida misma: un viaje donde cada golpe, cada victoria arrancada, se convierte en un paso hacia una comprensión más profunda de nosotros mismos y del mundo.
Este domingo 25 de noviembre de 2024, son las 19 horas. En el estadio cubierto Delmi de Salta, la emoción es palpable. Es la hora de la gran final del torneo. Me ubico en el eje de la pista, rodeado de las imponentes paredes de plexiglás que delimitan el área de juego. Desde este ángulo estratégico, me preparo para analizar cada efecto, seguir con atención las trayectorias precisas, descifrar la táctica de los jugadores y sentir la ola de emoción que recorre al público con cada golpe espectacular. Esta noche, en la cartelera, se enfrentan dos parejas argentinas, las dos mejores del mundo, en la cúspide de un circuito llamado A1 Pádel.
Antes de que los jugadores entren en escena, cedo a la curiosidad y me sumerjo en las páginas de Wikipedia para comprender mejor las dinámicas de este deporte en pleno auge. Descubro entonces que, a diferencia del tenis con su circuito ATP unificado, el mundo del pádel está dividido en dos grandes esferas: Premier Pádel, respaldado por Red Bull TV y liderado por Nasser Al-Khelaïfi, el poderoso presidente del Paris Saint-Germain y cercano a la Federación Internacional de Pádel; y el A1 Pádel, un circuito independiente transmitido por Disney Channel. Este último, dirigido a los apasionados, debe su existencia a una figura que conozco bien: Fabrice Pastor, empresario de Mónaco.
Originario del sureste de Francia, estoy familiarizado con la familia Pastor, una verdadera dinastía monegasca del sector inmobiliario, tan influyente en Mónaco como la familia Arnault lo es en el mundo del lujo y la cosmética en Francia. Fabrice Pastor, lo conocí hace tiempo, cuando era periodista para un canal regional de televisión pública. En esa época, formaba parte de los accionistas del club de fútbol AS Mónaco. Este personaje, ambicioso y millonario, es ante todo un apasionado. Para él, el pádel no es solo un deporte; es una misión. Esa pasión desbordante lo llevó a construir un circuito mundial independiente, un desafío audaz para otorgarle a esta disciplina un alcance internacional.
Esta noche, 25 de noviembre, me encuentro entre esos numerosos aficionados al tenis que buscan descubrir algo nuevo, listo para dejarme llevar por esta forma de arte emergente que es el pádel. Detrás de cada golpe, de cada intercambio, percibo una historia más grande: la de un deporte que busca su lugar en el mundo, impulsado por hombres y mujeres que, como Fabrice Pastor, desafían las convenciones para transformar una pasión personal en una aventura universal. Este partido no es solo un duelo; es el reflejo de una disciplina que escribe su futuro ante mis ojos, con la misma intensidad y fervor que me fascinaron durante décadas en las canchas de tenis.
Mientras el locutor anuncia la entrada inminente de los cuatro gladiadores en la arena de plexiglás, el público de Salta incrementa su energía, como una orquesta sincronizada por la pasión. Las banderas ondean frenéticamente, las pancartas exhiben mensajes llenos de fervor, y el estruendo de trompetas, tambores y cánticos llena el aire del Delmi con una energía casi tangible.
Todo converge hacia un momento único: en una de las parejas en juego brilla un héroe local, Maxi Arce, número uno mundial del circuito A1 en 2023. Esta noche, los dúos argentinos Aguirre-Alfonso y Arce-Dal Bianco se enfrentan en un duelo que ya promete ser legendario. Cuando Maxi Arce hace su entrada, cuidadosamente programada en última posición para maximizar el efecto dramático, el estadio estalla. El Delmi se transforma en un volcán en plena erupción. Los aplausos, los gritos y los cánticos se elevan como una ofrenda al campeón local.
Desde los primeros intercambios, quedo absorto, casi hipnotizado. La velocidad de las pelotas desafía la lógica, los reflejos de los jugadores retan las leyes de la física, y cada gesto —voleas, fintas, smashes— se ejecuta con una precisión quirúrgica y una gracia desconcertante.
En comparación con el tenis, el pádel ofrece una proximidad única: el público, literalmente a unos metros de la cancha, vive cada golpe como una extensión de su propia emoción. Aquí no se observa; se siente, se vibra.
En este primer set, Maxi Arce se erige como el director de orquesta, el hombre fuerte, quien dicta el ritmo del juego. Tan inteligente como Einstein, tan preciso como Lionel Messi y tan inspirado como un Mozart en plena creación, trasciende su papel. Pero el pádel, como la vida, es un juego de equilibrios. Su compañero, Dal Bianco, empieza a flaquear bajo la presión cuando el marcador llega a 5-5, mostrando fragilidades mentales ante la intensidad del momento.
Al otro lado de la red, Aguirre y Alfonso rivalizan en audacia y genialidad. Su calma olímpica y un gusto pronunciado por la provocación contrastan con la ferviente atmósfera. A pesar de un público totalmente entregado a la causa de Arce y Dal Bianco, los dos rivales demuestran una superioridad táctica y una fortaleza mental implacables. Como alquimistas del deporte, convierten cada situación crítica en una oportunidad para brillar. Y, de manera lógica, se llevan el primer set por 7-5, entre los aplausos respetuosos de los entendidos.
Este partido no es solo un enfrentamiento deportivo. Es una demostración de las fuerzas humanas: la inteligencia estratégica, el dominio emocional, la inspiración artística. Cada uno de los protagonistas, con su estilo único, trasciende los límites de su cuerpo y mente para escribir un capítulo en la historia de un deporte aún joven, pero ya impregnado de una profundidad universal.
El segundo set comienza bajo el signo de la estrategia, una verdadera lección táctica magistralmente ejecutada por Aguirre y Alfonso. Conscientes del peligro que representa Maxi Arce y el impacto fulminante de sus golpes milimétricos, los dos maestros del juego optan por una táctica implacable: concentrar todas sus ofensivas en el eslabón débil, Dal Bianco. Una especie de “Fort Álamo” se erige entonces, con Dal Bianco asumiendo, a su pesar, el papel de último defensor frente a una tormenta incesante.
Bajo los golpes metódicos y constantes de Aguirre y Alfonso, Dal Bianco tambalea. Cada pelota dirigida hacia él parece un gancho directo a un boxeador acorralado en su esquina. Los errores se acumulan, como grietas en un dique al borde del colapso. A pesar de los incesantes ánimos de Maxi Arce y los gritos de un público encendido, nada cambia. El colapso es inevitable.
Dal Bianco, abrumado mentalmente, arrastra en su caída a un Arce impotente ante esta táctica letal. El set termina con un marcador contundente: 6-2 a favor de Aguirre y Alfonso. Su dominio es total, implacable, fruto de una mezcla de inteligencia táctica, fortaleza mental y ejecución perfecta. El partido, resuelto en apenas una hora y veinte minutos, deja la impresión de haber vivido la intensidad de un maratón en el tenis de cinco sets. Cada golpe, cada trayectoria, cada destello de genialidad ha concentrado la emoción y la energía de un deporte que trasciende sus influencias para forjar una identidad propia.
Este deporte, en la encrucijada entre el bádminton, el tenis y el squash, me ha conquistado. Combina la variedad de golpes espectaculares, la riqueza de las trayectorias y una proximidad única con el público. Este último, un verdadero actor del espectáculo, transforma cada partido en una experiencia inmersiva, casi visceral.
En cuanto a la organización del torneo, resultó ejemplar. A pesar de las severas dificultades económicas que atraviesa Argentina, Salta ha demostrado que puede competir con las grandes ciudades para acoger eventos de nivel mundial. Una actuación impecable, reflejo de una pasión y un compromiso que trascienden las adversidades. Gracias a los organizadores por esta noche memorable.
Queda la cita para 2025, con la esperanza de volver a vivir esos momentos donde el deporte se convierte en arte, y cada partido escribe una nueva página en la historia.
