Aquellas formas poéticas de llegar a un baile de carnaval, montado a caballo y dispuesto a «ponerse cerca pa' mosquetear» (entre medio de los cohetes y serpentinas del carnaval) parecen haber pasado a la historia, si es que de verdad alguna vez ocurrieron.
A la completa desfiguración de «La cerrillana» ha contribuido también, significativamente, el feminismo vernáculo, que tiende a ver un agresor sexual en cada gaucho «mosqueteador»; y ni hablar de los gauchos que «se ponen cerca», a quienes invariablemente (es decir, sin admitir prueba en contrario) consideran depravados afirmadores.
Si fuera por los aires que corren, los gauchos tendrían que conformarse con calmar sus impulsos eróticos con su caballo, pero es que hoy los equinos -más todavía si son yeguas- disfrutan de una protección a su integridad sexual aún más sofisticada que la de las mujeres. Los términos se han invertido: antes, ser considerada una «yegua» era algo desdoroso y salaz; ahora es quizá todo lo contrario.
Por tanto, los fiscales de la UDIS (Unidad de Delitos contra la Identidad Sexual) deberían unirse a los de la UGACG (Unidad de Graves Atentados contra los Gallos) y proceder de oficio contra los que «hacen rayar a su zaino en el guardapatio» pues todos ellos son sospechosos de estar incursos en una infracción penal castigada por la ley 14.346.
Es por ello que las celebraciones carnavaleras, más que celebrarse en Cerrillos, tendrían que trasladarse a Orán.
Hasta aquella ardiente villa tropical de tupidas selvas y cárceles porosas deberían trasladarse todos los motociclistas del valle que buscan aventuras amorosas en guardapatios polvorientos. La razón es muy simple: en las rutas aledañas a la ciudad de Salta hay falsos gendarmes controlando el tráfico; pero en Orán -según la ministra Bullrich- rige la ley del «escape libre», propiciada, en todo caso, por gendarmes verdaderos.
Con suerte, los motociclistas llegados a Orán, si se quedan sin dinero para llenar el tanque de vuelta, pueden hacerse de unos pesos trabajando como extras encapuchados en una narcopelícula pensada para influir sobre las decisiones del Poder Judicial y dirigida por un locuaz abogado del foro.
Orán reuniría así lo mejor de dos mundos: Hollywood (Fuga de Alcatraz) y Cerrillos (La Cerrillana).
