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  • Sobre la vida y la muerte
  • Hace casi 12 años, en agosto de 2012, publiqué en estas mismas páginas uno de los artículos más absurdos e inútiles de todos los que por aquí aparecen. El motivo fue reflexionar sobre la expresión «paso a la inmortalidad», como eufemismo para referirse a la muerte de un personaje histórico, que se utiliza tanto en la comunicación periodística cotidiana como en algunos documentos oficiales, como la Acordada 12.444 de la Corte de Justicia de Salta.
Imagen ilustrativa
Imagen ilustrativa

Quizá porque las fechas en las que estamos esta expresión se escucha con más frecuencia que en otras épocas del año, es que me ha parecido tan absurdo e inútil como hace 12 años, volver a publicar aquel artículo, que dice así:


Me llama mucho la atención el hecho de que los próceres argentinos, de cualquier época que sean, no mueren sino que «pasan a la inmortalidad».

La metáfora es, sin dudas, muy interesante, lo mismo que lo es su intenso significado poético, que parece ideal para embellecer los emotivos discursos que suelen pronunciar en fechas señaladas nuestras señoritas maestras, invariablemente enfundadas para la ocasión en relucientes sacos de pana verde con enormes prendedores en la solapa y abundante rimmel en las pestañas.


Pero esto del «paso a la inmortalidad» se me antoja un poco rebuscado para el lenguaje periodístico usual, aun para el que emplea el llamado periodismo oficial o «militante», al que el ciudadano medio no suele exigir mucha objetividad ni mucha neutralidad lingüística que digamos.

Lo primero que me da a pensar el uso periodístico oficial de esta expresión es que la inmortalidad, como cualidad del alma, es algo propio de todos los humildes siervos de Dios (que en su infinita bondad nos ha creado a todos iguales), y no solamente de San Martín, de Belgrano, de Güemes o de Eva Perón.

Desde este mismo punto de vista, la inmortalidad no es algo que admita «pasos» de un estado previo de no-inmortalidad a uno posterior de inmortalidad. Lo que quiero decir es que pasar a un estado tan importante como el de inmortalidad no es ontológicamente tan sencillo como, por ejemplo, el acto de «pasar a la clandestinidad».

Para decirlo de una forma más clara y directa: sostener que unas criaturas de Dios son mortales y otras inmortales es muy poco cristiano.

Es razonable pensar que si una persona es inmortal (o presuntamente inmortal), lo es desde el momento mismo del inicio de su vida. Es absurdo pensar, por ejemplo, que Güemes se convirtió en inmortal solo una vez que fue abatido por una traicionera bala invasora; es decir, que no haya sido inmortal antes o, incluso, desde siempre.

Además, un «paso» tan transcendente como este, del humus a la inmortalidad (que no es otra cosa que la vida eterna), no merece un tratamiento tan trivial y superficial como ya los famosos «pasos al costado», que suelen dar los políticos de tanto en tanto, especialmente cuando reciben un puntapié en sus posaderas.

Pero, por supuesto, nuestro idioma tiene algunas trampitas en relación con el término inmortalidad, ya que la palabra no solo designa la cualidad de inmortal (típicamente la inmortalidad de los seres humanos), sino también la «duración indefinida de algo en la memoria de los hombres» (DRAE, Vigésima Segunda edición).

A pesar de la trampa, la distinción es muy clara: la inmortalidad, por un lado, es la cualidad de inmortal de las personas o de los seres vivos (su innata aptitud para no morir jamás), algo que como hemos visto no admite pasos ni etapas y que, en el caso de las personas, beneficia a todas ellas por igual, según la ley de Dios; y por el otro es la duración indefinida de algo (una pensamiento, un gesto, una obra, una acción) en la memoria de los hombres.

Es decir, que hay «cosas» (pensamientos, gestos, obras o acciones) que pueden, efectivamente, «pasar a la inmortalidad», o simplemente ser inmortales, ya sea que aquellas «cosas» sean realizadas por personas normales o por celebridades de mayor envergadura. Si nos ceñimos a la segunda definición del Diccionario, solo «pasan» a la inmortalidad (si es que pasan) las acciones, no las personas.

Tampoco existe, en este sentido, una inmortalidad histórica, sociológica o política de las personas, por la sencilla razón de la naturaleza permanentemente mutante de estas actividades humanas. Quien para la Historia es memorable y digno de encomio hoy, puede dejar de serlo mañana. Y ni hablemos de la política.

Resumiendo, se podría decir que, al morir, el General Güemes no pasó a la inmortalidad, porque su alma estaba ya adornada por esta cualidad inmanente desde el momento de su nacimiento. De allí que los 17 de junio de cada año conmemoramos siempre su muerte (un hecho que pudo haber engrandecido su leyenda, pero no hacerle «pasar a la inmortalidad», como si antes de morir hubiera sido un mortal cualquiera).

En otros términos, que al decir que Güemes «pasó a la inmortalidad» un 17 de junio de 1821, no lo estamos engrandeciendo sino, quizá, todo lo contrario. Tal vez hubiera sido filosóficamente más admisible decir que «subió a los cielos» y está sentado a la diestra de Simón Bolívar o de Napoleón (porque San Martín se le queda pequeño), pero el copyright del Credo, ya sabemos, lo tiene el Vaticano, no la Academia Güemesiana.

Al tiempo que recordamos la muerte del General, honramos su memoria porque inmortales son ya sus pensamientos, sus gestos, sus obras y sus acciones, aunque alguno pueda legítimamente pensar que no lo son, aunque más no sea para llevarle la contraria al gobierno.

Solo a título ilustrativo, fijémonos en las sugerencias y resultados de Google cuando uno apenas comienza a escribir «paso a la inmortalidad» (ver imagen más abajo).

Los resultados devueltos tienen un sello inconfundiblemente argentino, lo cual nos sirve para confirmar que el uso poético de la expresión «paso a la inmortalidad» ha desbordado cualquier uso racional de la misma y que muchos de los nuestros confunden un «paso a la inmortalidad»" con un «zarpazo a la inmortalidad», o como en el caso de algunos bien conocidos, con el estar «a un paso a la inmoralidad».

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