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  • El vino, 'líquido cívico'
  • Hasta que pisé por primera vez Buenos Aires, con 14 años de edad, conocía yo solo a dos clases de curdas: los picheritos consuetudinarios del perpetuo carnaval vallisto -en su mayoría, pobres y periféricos-, y los bebedores cultos y empedernidos de la ciudad de Salta, que siempre han preferido ser considerados bohemios, despreocupados o errantes, a que la gente diga de ellos que son unos simples borrachos.
Imagen ilustrativa
Imagen ilustrativa

Sin embargo, una vez instalado en la gran capital, allá por 1973, descubrí a otra clase de bebedores bien diferente, bastante menos pintorescos que los que hasta entonces tuve la suerte de conocer en aquella aldea con aspiraciones que era la Salta de mediados de los años 70.



Por el contrario, la gran capital del Plata, ese gigantesco caserío cosmopolita en donde se apiñaban inmigrantes taciturnos de las más variadas y remotas procedencias y se mezclaban -a veces sin que se notara- con nativos llegados de otras partes menos prósperas del mismo país, era por entonces un estupendo lugar de refugio para borrachines de clase media, que no presumían -como sus colegas salteños- de una refinada intelectualidad, y que, a diferencia de sus colegas del Norte, pagaban religiosamente las bebidas que consumían, generalmente acodados y solitarios en la barra de algún oscuro bar.

Los salteños, por el contrario, no solo vinculaban todo el tiempo su embriaguez constante con la poesía, con la música o con la reflexión política, sino que también eran muy poco propensos a pagar de su bolsillo lo que bebían. La mayoría de los que conocí en aquella época practicaba su vicio a costillas de alguien que se lo soportaba y, en algunos casos, se lo fomentaba, no siempre con buenas intenciones. No importaba si el borrachín era de alta condición social o si tenía capacidad económica de pagarse sus tragos. Siempre bebía a cuenta de otros y hallaba en ello un placer especial.

Los curdas de la capital federal bebían en silencio y sin hacer ostentación de su vicio, ni presumir de su perfecto conocimiento de las bebidas, o de su calidad. Los de Salta, por el contrario, lo hacían a plena luz del día, bañados por el tibio sol del valle, que -según ellos- les permitía vivir una experiencia dionisíaca incomparable. Los salteños no escatimaban ocasión para decir que el vino -cuya calidad conocían al dedillo- estimula la imaginación, templa los nervios, aguza el espíritu y pone cierto punto alegre a la perspicacia, valores considerados imprescindibles en la vida política.

Recuerdo que alguna ocasión, uno de estos personajes al que en la intimidad de algunos hogares apodaban «Zancudo» (porque hay que matarlo para que deje de chupar) contó en voz alta a sus ocasionales compañeros de mesa que las virtudes del vino ya estaban profusamente desarrolladas en la Biblia, en donde la bebida aparece una y otra vez a golpes de revelación, de heroísmo, de intimidades líricas, de magníficas metáforas y de sublimes esperanzas, cuando no en forma de estupendas borracheras, como la del patriarca Noé, o de sorpresas inesperadas como la del maestresala en las bodas de Caná.

Con muy poco, nuestros curdas lograron imponer en Salta la discutible doctrina de que beber es un arte que requiere experiencia y sabiduría, y que el vino -particularmente el vino- es, por excelencia, el líquido civilizado; o, más aún, el líquido cívico. ¡Cuán equivocados estaban!

Nunca entendí del todo que los bebedores salteños de alta alcurnia combinaran sin mayores complicaciones filosóficas ni cosquillas de conciencia el consumo del vino -heredado de la cultura grecorromana que nos llegó por vía de los conquistadores españoles- con el consumo de hojas de coca, copiado sin adaptaciones sociales de nuestra cultura indígena de la alta montaña. Según parece, en materia de hábitos tóxicos, las grietas culturales no existen.

Demás está decir que estos personajes, que pensaron siempre que sin beber vino no hay hombría ni civilización, le hicieron un daño irreparable a nuestra convivencia política y a nuestros hábitos sociales; mucho más que el pudieran haberle hecho aquellos grises empleados públicos porteños que más se parecían a Tandarica que a Baco, y que, al fin y al cabo, eran unos viciosos inofensivos y sin pretensiones de grandeza política o social de ninguna naturaleza.



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