Pero muy pocas veces controlamos lo que estos visitantes opinan de nosotros, una vez que han traspuesto nuestras fronteras.
A lo largo de los últimos años, he encontrado un pasatiempo estupendo que consiste en examinar en las librerías más importantes las guías de viaje al norte argentino, muchas de ellas escritas en idiomas que no son el nuestro. La mayoría de estas obras -por motivos que son comprensibles- no llegan a Salta, y apenas son conocidas aquí.
Entre las descripciones negativas, recuerdo especialmente la de una escritora catalana que se tomó para el churrete el que la Plaza 9 de Julio tuviera sus árboles etiquetados con el nombre de la especie. Nunca entendí el lado divertido de esta descripción.
Otra vez leí en un diario italiano -a propósito de un escándalo clerical- la alusión a Salta como «una pequeña ciudadela de indios, al norte de la Argentina».
En otro hallazgo, mucho más reciente, me doy con un señor que describe la Plaza 9 de Julio como un lugar en donde «niños indígenas se dedican a abrillantar los zapatos de los señores blancos».
Todo, por supuesto, flechazos dirigidos certeramente al corazón del «orgullo salteño».
Pienso que somos un poco mejor que eso, aun con nuestras miserias a cuestas.

Pero lo que no entiendo es que la Municipalidad de la ciudad de Salta se haya empeñado en darles un carnet a los lustras, con la excusa de «tener registrados a esos trabajadores».
Con todo respeto, es como intentar ponerle puertas al campo.
La actividad de los lustrabotas necesita protección y no controles estructurados. Nunca en la historia a nadie se le ocurrió elaborar un «padrón» de lustras. ¿Por qué hacerlo ahora?
¿No sería mejor invertir en políticas de igualdad, para que la humildad de los lustras no contrastara tanto con la opulencia de los señorones que circulan por el tontódromo?
El dinero destinado a imprimir los carnets y mantener actualizada la base de datos de lustras (como si fuera las de farmacéuticos de turno) se podría emplear mejor en cursos de formación profesional o en cualquier otra medida que no sea someter a estas personas (muchos de ellos niños y adolescentes) al escrutinio fatal del Estado.
Alguna vez, una periodista que ya no está entre nosotros, impulsó un proyecto para hacer obligatoria la colegiación de peluqueros y peluqueras. Otros quieren que sean los periodistas los que se sometan a este tipo de controles por parte del poder, cuando las normas internacionales lo prohíben o lo desaconsejan.
Pronto van a querer «empadronar» a los travestis, a los trabajadores sexuales o a los que limpian el parabrisa en los semáforos con un squeegee. A ellos también en algún momento querrán darles un carnet, a cambio de que paguen impuestos.
Si el ejercicio de la libertad no provoca trastornos a la convivencia, es mejor dejar que la libertad sea libre. Si queremos hacer algo por nuestros lustras, espolear su dignidad y acercarlos a la vida que se merecen, lo mejor que podremos hacer siempre es respetar su libertad primero. Luego, debemos intentar hacer desaparecer las causas de la desigualdad y de las injusticias que padecen.
No nos encerremos en posturas pseudolegalistas que lo único que hacen es favorecer a los que mejor se pueden desenvolver en la jungla de cemento. Pensemos también en los que apenas pueden defenderse y ayudemos a que sean, en la mayor medida posible, lo más iguales al resto.
No será con carnets, con padrones o con registros que evitaremos que un extranjero despistado y clasista escriba otra vez en una guía de turismo que en la Plaza de Salta los niños indígenas limpian los zapatos de los señores blancos.