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  • Perdidos en el laberinto de nombres
  • Desconocer la cultura clásica comporta ignorar una parte de nosotros mismos.
Zeus, the boss
Zeus, the boss

El conocimiento de la cultura clásica nos acerca a las dos civilizaciones -Grecia y Roma- que constituyen la base ideológica, estética, política, jurídica, social y lingüística del mundo occidental en el que vivimos.



Desde luego, la historia de esta parte del mundo, su civilización, no se ha construido exclusivamente sobre la base de las aportaciones griegas o romanas, pero a través de ellas hemos conocido y aprendido a aprovechar la sabiduría de otras grandes culturas, como la musulmana o la judía, entre muchas otras.

Pero, según se ha comprobado estos días -especialmente en el Senado de la Nación argentina- la cultura clásica no es para todos.

Si bien es relativamente fácil perderse en el laberinto de nombres que pueblan los mitos y las leyendas, no hay motivos serios para llamar Dómacle a Damocles, confundir a Aquiles con Ulises, o acostar a la gente en el lecho de Prosciutto, en vez de en el de Procusto.

El problema es que, quien más quien menos, vive con una espada de Damocles pendiendo sobre su cabeza. Casi todos tenemos un punto débil o vulnerable que deseamos ocultar a quienes pudieran tener la osadía de atacarnos.

Muchos también hemos sufrido a personas autoritarias e inflexibles que no entienden razones y que procuran siempre acomodar la realidad a sus intereses o conformarla a su propia visión de las cosas. Son personas que, como el malvado posadero Procusto, quieren cortarlo todo a su medida, aunque esta medida sea variable, según se le antoje.

¡Quién no ha leído alguna vez sentencias en las que algunos jueces, soberbios y altaneros, intentan deformar los datos de la realidad para que se adapten a una hipótesis previa que ellos han elaborado siguiendo los dictados de sus tripas!


A Procusto -cuyo verdadero nombre era Damastes (y no Demóstenes)- se le atribuía ser el autor de un sistema bastante particular de hacer amable la estancia a los huéspedes de su posada.

Según cuenta la leyenda, Procusto obligaba a los pasajeros a acostarse en una cama de hierro, y a aquel desdichado que no se ajustaba a sus dimensiones, porque su estatura era mayor que la longitud de la cama, le cortaba la parte de las piernas que sobresalían. Si, por el contrario, el huésped era de estatura más breve, mediante un mecanismo tan perverso como el de la sierra, se le estiraba las piernas hasta que dieran la exacta medida del arbitrario catre, que por cierto no tenía una longitud fija, sino que se ajustaba para arriba y para abajo según los deseos del verdugo, de forma tal que nadie podía caber exactamente en él.

Todo, hasta que al final un héroe llamado Teseo (no Deseo) acostó a Procusto en su propio catre y lo sometió a las mismas torturas que él hizo padecer a sus huéspedes, antes de acabar con su vida.

Por este motivo no conviene confundir a Procusto con Prosciutto, ya que esto último vendría a nombrar al producto que el gigante preparaba tras cortarle el pernil al invitado y curarlo con sal, antes de someterlo al aire fresco y seco del Erineo.



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