Si apelamos a un truco muy socorrido por los españoles de estos días, habría que preguntarles a esos historiadores tan enjundiosos qué hicieron entonces sus antepasados para evitar que el tirano de Lerma plantara ese tronco en el mismísimo lugar donde —ya en 1582— los originarios de entonces pensaban que debía erigirse el monumento al general Arenales.
Es decir, que quienes en Salta (y en otras partes del continente) critican con acritud y ánimo de revanchismo histórico los métodos y el hecho mismo de la conquista no son descendientes de Condorcanqui, precisamente, sino señores y señoras con apellidos y árboles genealógicos más castizos que la tortilla de patatas. Una primera curiosidad.
La segunda curiosidad, es que otros historiadores, tan críticos como los anteriores, hunden sus raíces en la lejana y milenaria Siria, donde —todo el mundo sabe— los arameos, los asirios, los kurdos, los sumerios, los mitanios, los hititas, los cananeos, los fenicios, los amorreos y los árabes nunca se conquistaron y aniquilaron los unos a los otros a lo largo de los últimos 5.000 años.
La tercera y última curiosidad es que ninguno de ellos es o ha sido capaz de utilizar con provecho su hermosa ciencia para reconstruir las grandes conquistas civilizatorias de los pueblos que habitaban nuestras tierras antes de la llegada de los pérfidos conquistadores hispanos.
Mil años después de todo aquello, apenas si tenemos noticias de grandes ciudades, de formas institucionales, de desarrollo económico, formas sofisticadas de pensamiento político o jurídico, para no hablar del arte y de la filosofía, anteriores a 1582.
No digo, por supuesto, que no los haya habido, porque a pesar de que antes de 1492 fuimos conquistados, colonizados y sojuzgados por los incas (entre otros), es impensable (o imposible) que unos originarios tan astutos y laboriosos como lo fueron mis antepasados (entre muchos otros) y que nos legaron ese imperecedero sentimiento de orgullo por nuestros orígenes, hayan sido siempre serviles, inútiles e ignorantes.
Digo —y quiero que quede bien claro— que los historiadores a los que me refiero no hicieron el esfuerzo suficiente para que los conozcamos como ellos —los que nos precedieron— se merecen.
Más bien, se han dedicado a aborrecer a los españoles y, por odiarlos tanto, se han olvidado de contarnos, con el detalle y la precisión documental que demanda el rigor histórico, qué tan buenos y tan libres fueron los que retozaban por estos valles antes de la llegada del malvado Lerma.
Tal vez, sea cuestión de esperar.
