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  • Libertango
  • La figura del Chaqueño Palavecino resume mejor que ninguna otra las profundas e inexplicables contradicciones existenciales de un cierto sector político de Salta.
Chaqueño Palavecino
Chaqueño Palavecino

Si el que canta con Palavecino es Gustavo Sáenz, el Gobernador es «un payaso». Pero si el que canta con el folklorista —la misma canción, además— es el Presidente de la Nación, tanto Palavecino como el Presidente son «héroes de la cultura popular argentina».



Esto me recuerda mucho a los triunfos y derrotas de la selección uruguaya de fútbol, que, cuando gana es puesta en un pedestal por los periodistas argentinos, que hablan de «un gran triunfo del fútbol rioplantense», y cuando pierde dicen que se trata de una «humillante derrota del fútbol uruguayo».

Muy difícil lo tienen los libertarios de Salta para explicar por qué los principales indicadores socioeconómicos del país mejoran mes tras mes, pero que Salta «se cae a pedazos»; máxime cuando se acusa al gobernador Sáenz (y a los legisladores nacionales de su partido) de servir como felpudo para las ambiciones anarcocapitalistas del Presidente de la Nación y como «facilitadores» de sus iniciativas más polémicas.

La única forma que tienen los libertarios de Salta de hacerse con el poder provincial en 2027 es que el presidente Javier Milei se hunda, que sus políticas fracasen y que la Argentina se estrelle contra la realidad. Por muy contradictorio que pueda parecer.

No basta, pues, con acusar a Gustavo Sáenz de las peores cosas. Quien más, quien menos sabe que el futuro y el bienestar del millón y medio de salteños depende solo en una mínima medida de las decisiones que adopte el gobierno provincial. Dios está en todas partes, pero atiende en Buenos Aires.

Más del 80% de la dirigencia libertaria de Salta —con pasado en el peronismo y en el PRO— firmaría las mismas decisiones que está adoptando el gobierno de Sáenz, que es el menos ideológico del que se tenga memoria en Salta en 200 años de vida independiente.

La oposición no comparte la mayoría de sus decisiones porque quieren ser ellos quienes las tomen. No hay otros motivos.

Lo que el millón y medio de salteños mira, con asombro, detrás de la soga, es una batalla entre pequeñas elites poco ilustradas por el control del presupuesto.

En este combate parece que todo vale. Desde las «fake news» de Emiliano Estrada hasta los exabruptos primitivos de Carlos Zapata, modernos profetas de la catástrofe, que solo ven nubarrones de desgracia de El Tala hacia el Norte, pero un potente sol anticiclónico y una usina de felicidad anarquista hacia el Sur.

En medio de todo este ruido aparece la metáfora que resume en un solo cuerpo las contradicciones del momento: El Chaqueño Palavecino, héroe y villano, libertador y liberticida, enemigo y cómplice, culpable e inocente.

Habrá que creerle al cantor cuando se define como políticamente no-binario.



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