No es el empecinamiento del presidente estadounidense lo que me sorprende, sino el uso del verbo conquistar por parte de los sorprendidos daneses.
Mis conocimientos de historia son, como se sabe, muy precarios, pero me aventuraría a decir que la última guerra de conquista lanzada sobre un territorio remoto fue la segunda guerra ítalo-etiope librada entre 1935 y 1936, que aseguró el dominio del fascismo italiano sobre una importante porción del cuerno de África hasta 1941.
La distancia que separa Washington DC de Nuuk, la capital de Groenlandia, es casi la misma que la que en el siglo III antes de Cristo separaba la Península Helénica de Persia cuando el emperador Alejandro Magno conquistó aquel lejano territorio.
Creo —ya casi sin dudar— que el presidente Donald Trump es una especie de Superman, pero no por su carácter justiciero ni por su visión de rayos X, sino porque ha invertido la rotación de la Tierra y lentamente nos está instalando en el pasado.
Líderes antipáticos
Hasta que surgió el interés de Trump por Groenlandia, las fobias del presidente estadounidense parecían concentradas en los líderes antipáticos de países extranjeros.Pero la situación es realmente paradojal: El líder más antipático del mundo (un líder inderrocable) decide hoy en soledad no solo con qué países se debe comerciar, o mantener relaciones, sino también quién y cómo debe gobernar los países regidos por líderes tanto o más antipáticos que él.
Para ello, se reserva el derecho de subir y bajar aranceles, de atacarlos con sus ejércitos y de poner en ellos el gobierno que al líder antipático más le convenga. Con las excusas más banales.
Si le quitamos al asunto todas sus resonancias jurídico-internacionales y geopolíticas, al cambio es como si en una comunidad de vecinos, el propietario más rico o el más fuerte pudiera deshacerse de los vecinos con los que no simpatiza, meterse en sus casas, sacar el alimento que le plazca de la heladera, acostarse con su esposa y sus hijas, y guardar un juego de las llaves de sus puertas.
Con los países sucede algo parecido. Como «propietarios» que somos, estamos condenados a convivir con algunos vecinos a los que no podemos elegir, ni influir en sus decisiones domésticas internas para que se comporten a nuestro gusto. La vecindad es, como se sabe, un accidente. Así sucede también en la esfera internacional.
Pero esta no es la única analogía: Los poderes que nos confiere el derecho de propiedad son muy parecidos a los que la soberanía, en la arena internacional, confiere a los Estados.
Si un vecino, que se considera rico, poderoso y poseedor de una moral superior a la de sus connvecinos irrumpiera un día en la casa de un vecino indeseable, para evitar que el dueño de casa le siga pegando a su mujer y dejando de alimentar a sus hijos, es probable que —a pesar del exceso— toda la comunidad lo aplauda y lo justifique.
Pero cuando con los mismos poderes se arroga el derecho de hacer lo mismo con aquellos copropietarios que no le caen simpáticos, la situación cambia por completo.
Si el poder no tuviera límites, no se habrían inventado las constituciones, para empezar. Y aunque las constituciones no sirvan para las relaciones internacionales, sostener una moral del poder limitado hacia adentro y otra de un poder infinito hacia afuera es completamente inmoral.
