El mismísimo Gobernador de Salta ha elogiado ayer en la Nueva Orán «el talento creativo» de los emprendedores locales.
No se sabe que el gobierno trabaje en ninguna de las dos direcciones. Las ferias no parecen ser más que coloridos escaparates de negocio y oportunidades para vender y darse a conocer.
Pero el gobierno se desentiende de dos aspectos clave del desarrollo a escala del emprendedurismo: la innovación y el valor añadido.
Más que ofrecerles un hueco y alabar sus habilidades, el gobierno debería diseñar y sostener una red de protección social para aquellos que descreen de las virtudes del trabajo asalariado y piensan que deben tomar ciertos riesgos para prosperar.
La protección social no es de ningún modo incompatible con la creatividad y el talento.
Muchos de nuestros emprendedores, la gran mayoría, son personas que intentan simplemente sobrevivir en base a su esfuerzo creador y sus deseos de progresar. El gobierno no puede limitarse organizarles ferias pomposas y dedicarles palabras bonitas o dejarlos librados a su suerte. Debe protegerlos, pero no con subsidios ni créditos blandos, sino con auténticas prestaciones sociales que, al mismo tiempo, constituyan un estímulo para emprender.
Si es verdad, como dice el gobierno, que los emprendedores son uno de los principales motores de la economía regional y ciertos funcionarios exaltan repetidamente su capacidad de generar empleo y su potencial de creación de valor, el mismo gobierno tiene que admitir también que el marco regulatorio e institucional en el que se desenvuelve la actividad de los emprendedores resulta de esencial importancia para impulsar ganancias de productividad y optimizar los recursos.
Es necesario, pues, el establecimiento de un entorno que promueva la cultura emprendedora, así como la creación y desarrollo de proyectos empresariales generadores de empleo y de valor añadido, pero también un sistema social específico que proteja a este tipo de trabajadores de las contingencias del mercado y sus negativas consecuencias.
