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  • El pragmatismo del Gobernador de Salta
  • El periplo triunfal del gobernador Gustavo Sáenz por diferentes despachos porteños (todos muy bien encerados y con chequera caliente) nos transmite una imagen seguramente repetida, pero no por ello menos importante.
Javier Milei y Gustavo Sáenz en Tucumán
Javier Milei y Gustavo Sáenz en Tucumán

Después de meses enteros de navegar por el desierto, el mandatario salteño ha retornado a su elemento. Las oscilantes circunstancias políticas (un gobierno federal austero, pero sumamente despistado) le han permitido -felizmente- hacer lo que Sáenz mejor sabehacer: exponer las necesidades de los salteños, pero solo las que están relacionadas con el cemento y el hierro retorcido.


A las demás las tenemos que solucionar nosotros, los oriundos, y no parece que haya ningún funcionario nacional dispuesto a ayudar, porque muchos de los problemas que tenemos no se solventan con dinero.

Gustavo Sáenz ha cumplido, como lo ha hecho también el frankesteiniano Pacto de Güemes, jaleado y ninguneado a partes iguales, pero que, al fin y al cabo, sirvió para establecer unas prioridades mínimas en materia de obra pública y para trazar una rigurosa línea de separación competencial.

Si Sáenz ha debido de virar hacia el libertariasmo para reactivar las obras es un problema que no preocupa tanto en las filas gubernamentales (el pragmatismo del Gobernador y su flexibilidad ideológica le permiten dar estos saltos) como lo hace en las filas de la derecha cerril de Salta, representada por el inefable Cepillo y por el sublime Doctor Chapatín. Son ellos los que han encendido todas las luces de alarma, pues si a alguien amenaza el alineamiento de Sáenz con el gobierno de Milei es a ellos.

Desde que conquistara el sillón de la Intendencia Municipal de la ciudad de Salta, allá por 2015, Gustavo Sáenz ha conseguido anudar relaciones relativamente estables y productivas con Mauricio Macri y con Alberto Fernández. Que ahora lo haga con Javier Milei puede sorprender a algunos, pero seguramente no a Sáenz.

El lema de Sáenz (Salta First) intenta borrar las diferencias entre las diferentes tribus políticas locales y poner por delante el interés general en detrimento de los apetitos electorales de corto plazo. No está muy claro todavía que Gustavo Sáenz quiera hacer que Salta sea grande otra vez (Make Salta Great Again); entre otros motivos por que nuestra grandeza (la presuntiva) se hunde en el siglo XVIII, cuando el engorde de mulas y su exportación al Alto Perú generó un importante excedente y consolidó una pequeña burguesía que hoy apenas si existe.

El modelo de Sáenz concita el rechazo tanto de la ultraizquierda obrerista y antisistema como de la derecha autoritaria y menos evolucionada, lo que sin dudas es un indicador de que el Gobernador de Salta -a pesar de las dificultades y las contramarchas- marcha por el camino correcto.

Este acierto (parcial, como casi todos los de su gobierno) no debe de ningún modo anestesiar a la oposición, sino reforzarla y ponerla de pie, como les gusta a muchos decir. Pero no a cualquier precio.

Aquellos que todavía piensan que el Pacto de Güemes fue una pelotudez (como ha dicho un diputado nacional muy mal hablado) están desafiados a demostrar que son capaces de sostener una alternativa. Sin embargo, el único discurso de la oposición, a ambos lados del espectro, se basa, por ahora, en la enmienda a la totalidad del gobierno de Sáenz y a la proclama (vacía de contenido) de nosotros podemos hacerlo mejor.

Sin dudas, hará falta algo más que eso para desalojar a Sáenz del centro de la escena política salteña.

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