El discurso anarquista es muy atractivo, sin dudas, pero hasta que el anarquismo se hace con el gobierno (del Estado).
Es decir, lo mismo que quería Marx, pero no para instaurar una dictadura del proletariado y, al final, una sociedad sin clases en la que todos seríamos iguales y felices, sino para conquistar la felicidad (sin igualdad) por la expulsión de la coerción organizada de nuestras vidas, y quizá por la fuerza y el peso de nuestra propia naturaleza de seres inclinados a ser felices, a como dé lugar.
Entonces, si el Estado es la causa de todos los males, el supremo creador de la pobreza; si la asamblea parlamentaria es un «nido de ratas» y los electos por el voto popular unos «degenerados fiscales», ¿por qué machacar a la gente con impuestos?
El diputado José Luis Espert aconseja al Gobernador de Salta que suba los impuestos a los salteños, si no quiere ser considerado un pervertido fiscal; el Ministro del Interior, Guillermo Francos dice que van a volver a tributar el impuesto a las ganancias muchos de los que hoy están exentos. La «responsabilidad fiscal» que pregona el gobierno libertario consiste en aumentar los impuestos, o en obligar a que otros lo hagan. ¿De verdad avanza la libertad redoblando la presión impositiva sobre los ciudadanos?
Si el aparato estatal (el federal o los provinciales) necesita aumentar los impuestos es porque su achicamiento (e, idealmente, su desaparición) está muy lejos de concretarse. Los impuestos se sostienen y aumentan porque alguien, que no quiere reconocerlo, está muy interesado en la larga pervivencia un Estado fuerte y opresor.
Además, si ese mismo Estado aumenta los impuestos y, a la vez, suspende o suprime las transferencias de coparticipación, es que, más que justicia y equilibrio, lo que está buscando inclinar la balanza hacia un lado, apropiarse de una riqueza que no va a compartir, crear más pobreza... y más Estado.
La estabilización de la economía argentina (básicamente, el control de la inflación, la reducción del déficit fiscal y la simplificación de la complejidad del tipo de cambio) requiere evidentemente de sacrificios; pero, por lo que se está viendo, el mismo gobierno que se dice empeñado en alcanzar estos objetivos en el más breve tiempo posible, está exigiendo esos sacrificios a otros; es decir, no parece demasiado entusiasmado con la idea de hacerlos por sí mismo.
Subir los impuestos es la señal más evidente de que no se quiere hacer esos sacrificios y de que la «perversión fiscal» es una condición psicológica que afecta tanto a los que gastan lo que no ingresan como a los que ingresan y no comparten.