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  • Dentro de pocas horas, don Gustavo Sáenz atravesará con honores el ecuador de su vigente mandato como Gobernador de Salta, sin que por ahora nadie (incluso él mismo) se anime a pronosticar si será el único, el primero de dos o el primero de tres mandatos consecutivos.
Gustavo Sáenz, Gobernador de Salta
Gustavo Sáenz, Gobernador de Salta

El solo hecho de no saber, a estas alturas de la soirée, qué es lo que se propone nuestro primer mandatario en materia de tiempo de gobierno, habla por sí solo de la gravedad de los problemas institucionales a los que nos enfrentamos, en un clima de «afrenta moral» diseñado a medida para que los verdaderos problemas no salten a las portadas digitales.



Nadie puede negar a estas alturas que a nuestro Gobernador le ha tocado una época especialmente turbulenta. Pero lo que cabe preguntarse ahora es si ha logrado o no superar los desafíos que se le han presentado y que se han alzado como enormes obstáculos a lo que -se presumía- iba a ser un plácido periodo transicional.

El periodo de gobierno que ahora promedia comenzó con una retahíla de niños muertos por desnutrición en el norte de la Provincia. La escandalosa situación social que Urtubey había disimulado con sus fracasados aunque costosísimos y antiéticos programas de inteligencia artificial se hizo más visible en poco tiempo y supuso el primer desafío para el recién estrenado gobierno de Sáenz.

Poco duró el alboroto mediático y el desfile de televisiones nacionales por las zonas más empobrecidas de la Provincia. De no ser por el fallido intento de colocar una mordaza a los funcionarios para que no dieran información a la prensa sobre la crisis alimentaria, sanitaria y de saneamiento en el Norte, esta es la hora que nadie recordaría aquel tan agitado comienzo de gestión.

Pocos días después, el gobernador Sáenz se plegó a la ola restrictiva de libertades públicas y ciudadanas por la irrupción del coronavirus y decidió entonces cerrar la Provincia a cal y canto. Necesitó para ello desplegar a más policías que enfermeros y reemplazar las jeringas y las mascarillas por las cachiporras y los grilletes. Tomó esa decisión aunque los salteños se vieran obligados a soportar varios meses de un cierre probablemente inútil hasta que el virus comenzó a circular de una forma imparable.

En pleno auge de la enfermedad, con la Legislatura funcionando a medio gas y las libertades bajo mínimos, Sáenz reformó la Corte de Justicia y envió a las cámaras su proyecto para reformar la Constitución provincial. De lo que pudo haber dicho al respecto la oposición, ni siquiera tomó nota.


Como antes lo habían hecho Romero y Urtubey, cada uno con su estilo pero con un desparpajo autoritario digno de los mejores sultanatos del Asia Menor, el gobernador Sáenz despreció a la oposición y le sustrajo su identidad, la poca que le quedaba. Una identidad que, por cierto, los teóricos opositores tampoco se preocuparon por cultivar, esperando quizá que la mano bienhechora del presupuesto les tocase la mollera, como sucedió con una ardorosa luchadora de causas humanitarias que se dio vuelta como tortilla francesa en el aire cuando recibió la estupenda y sanadora noticia de que a su marido le habían designado para un importante cargo.

Sin oposición a la vista, con un peronismo exultante y variopinto, diseminado por casi todo el espectro político, la operación de reforma de la Constitución se antojaba tan fácil como «coser y cantar».

Pero a Sáenz le tocó lidiar también con la probreza aguda en niveles extraordinarios, con una oleada de crímenes violentos (en la que las mujeres indefensas se llevaron la peor parte), con una crisis de prestigio judicial sin precedentes, con las cuentas provinciales en jaque por las dimensiones del Estado, el imparable crecimiento del empleo público y las deudas contraídas por los gobernadores anteriores, con las infraestructuras en un estado de atraso y deterioro que solo se puede comparar con el de los países más pobres del planeta, con la falta de humildad democrática de los más prominentes dirigentes y dirigentas políticas, con la caída en picado de la calidad de la educación y con una operación de reforma constitucional capitaneada por las mentes más pequeñas que se podía encontrar en los alrededores.

Si tenemos en cuenta que todos estos frentes de tormenta oscurecieron el espacio público durante los últimos dos años, el hecho de que Gustavo Sáenz haya llegado vivo al ecuador del que sería -lo esperamos todos, por su bien- el único de sus mandato, es un mérito que no se debe desdeñar.

Sáenz ha demostrado estar hecho de una madera especial, sin dudas. A diferencia de sus dos antecesores -blandos y con una marcada tendencia hacia la comodidad mayestática- Sáenz ha demostrado unas encomiables cualidades de fighter, aunque muchas veces se esconda o intente tapar, con silencio o con ausencias prolongadas, los problemas más sangrantes.


Pero a resolver estos problemas estamos convocados todos. La responsabilidad no es solo de Sáenz.

Por eso es que su gobierno se equivoca al no recabar, con la modestia necesaria, la cooperación activa de la oposición. Se equivocan los aduladores de turno al suponer que Sáenz (con la gente que lo rodea, que deja bastante que desear) puede con todo y más.

Los problemas más graves y más urgentes están allí y se pueden tocar; pero las mentes pequeñas de las que antes hablábamos se encargan de vendernos que lo que verdaderamente importa para mantener o preservar nuestra delicada «salud democrática» es hacer picadillo el prestigio (si lo tuviere) de la concejal Soledad Gramajo, cuya mayor contribución al descalabro institucional ha consistido en cometer una infracción de tráfico sancionable.

Hoy, en Salta, los robos, la corrupción, los asesinatos irresueltos, los jueces que operan en camarillas, la crisis de las cuentas públicas, la pobreza estructural, los pésimos gobernantes y los malos resultados educativos no son nada comparados con el vídeo de una concejal «alegre» al volante.

Este fenómeno demuestra que, a pesar de sus cualidades políticas, Sáenz tiene un flanco débil que puede acentuarse de una manera preocupante en los próximos dos años; si es que antes nuestro Gobernador no se decide a abrir la almeja y dejar que -como se supone que deben hacerlo- la democracia y el disenso fluyan por sus estrías, sin manos traviesas que disfracen a los oficialistas de opositores para copar los organismos de control, sin «ingenieros electorales» que distribuyan a los adeptos en frentes aparentemente antagónicos, sin bloques parlamentarios que se llamen «Sáenz Conducción» y dejen bien clara la subordinación del Poder Legislativo, sin áspides que diseñen negocios cautivos para el romerismo crepuscular.

En suma, es probable que en los dos años que se vienen necesitemos más imitaciones de Sandro que intentos de parecerse a sí mismo.



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