Aquellos que desprecian a los que hablan, opinan y critican, y que, frente a ellos, reinvindican la superioridad moral del «poder de hacer», están más cerca de los dictadores que de los demócratas, por más que su legitimidad para mandar provenga del voto popular.
El demócrata tolera que los opositores hablen e, incluso, que conspiren; pero el aprendiz de dictador los denuesta, los estigmatiza y disfruta arrinconándolos en el desván de los objetos inútiles; pero no por «no hacer» o porque los considere incapaces de hacer, sino por el simple hecho de hablar.
Hasta la más destructiva de las opiniones es más democrática y más útil para la convivencia que la más magnánima de las obras concretadas con olímpico desprecio del que opina libremente.
Así pues, mientras más «bla, bla, bla» exista entre nosotros, mientras más voces se confundan y entrecrucen en el espacio democrático, mientras mayor sea el número de los políticos y las políticas del «yada, yada, yada», nuestra democracia será mejor y más variada, pues mil opiniones que se levanten contra una sola obra del que gobierna sin modestia nos indicarán que nos acercamos al ideal de democracia participativa y deliberativa al que aspira nuestra Constitución.
Por el contrario, si nos empeñamos en callar a los que hablan, si gastamos dinero público en ridiculizarlos públicamente por «hablar y no hacer» (como hacen los que mandan), estaremos echando los cimientos de una dictadura totalitaria en la que el único gesto político posible será la sonrisa plastificada de un tirano o una tirana mientras inaugura un poste de luz.
«Hacer» no lo es todo en democracia.
