Está bastante comprobado en las cifras de la contabilidad social que hablar de «niñeces» (en vez de niñez), de «diversidades» (en vez de diversidad) y de «masculinidades» (en vez de masculinidad), apenas si sirve para calmar la conciencia de lo políticamente correcto de algunos y de algunas, pero muy poco para mejorar la situación, generalmente desfavorable, de los niños, de las personas con discapacidad, de los homosexuales, de los transexuales y de los varones en general. Las palabras no sanan las heridas ni acaban con la discriminación.
Bueno, el caso es que en una sociedad política como la nuestra, en la que hay un solo oficialismo y varias oposiciones, se han inventado la existencia de «varios oficialismos»: uno por cada «sensibilidad», uno por cada «mirada». Si solo fuera por la infinita variedad de «miradas» que coexisten en la sociedad salteña, al gobierno de la Provincia debería ejercerlo un óptico optometrista y no un abogado que estudió el secundario en el Bachillerato Humanista.
La variedad de «oficialismos» se traduce, cómo no, en que el mismo gobierno lleve varias listas de candidatos con distintos sellos; es decir, que se produce el milagro de enfrentar entre sí a personas que reconocen a un mismo líder, porque el líder, amablemente los deja hacer y deshacer frentes, a condición de que todos los votos vayan para él.
En conclusión, que lo único que han logrado «pluralizar» de verdad las militantes del lenguaje políticamente correcto son las pantallas de voto electrónico, en las que los sufridos electores, después de pasar mil veces el dedo grasiento sobre su castigada superficie táctil, se van a encontrar con más truchas «afines» al gobierno que contrarias a él.