Los adelantos científicos y tecnológicos -aun los que alcanzan a una parte importante de la población, como la telefonía celular o las redes sociales- benefician mucho más a una minoría pudiente, que sabe manejarlos mejor, que puede comprar aparatos más modernos y que saca mayor provecho de unas innovaciones que, del otro lado, mantienen a una amplia mayoría de salteños y salteñas en los límites mismos de la supervivencia.
Las facciones aparentemente enfrentadas han elegido además el ancho y peligroso metaverso de las redes sociales para lanzarse pullas envenenadas y atacar al rival con mentiras y falsificaciones de variada calidad y muy dudoso gusto. Mantienen -con dinero que nadie nunca sabe de dónde sale- a un pequeño ejército de expertos en «producción digital», en el que gastan ingentes cantidades de tiempo y dinero, que bien podrían emplearse para mejores causas.
Los principales candidatos se han olvidado así que por detrás de la fachada de las redes sociales, más allá de los «memes», de los «fakes», de los «likes», de los «hashtags» y de los «retweets», hay cientos de miles de ciudadanos y ciudadanas tapados hasta la cabeza de problemas, cercados por la miseria y hundidos en la indignidad. Son personas de carne y hueso, seres humanos con derecho a una vida digna, que no esperan precisamente que las soluciones que necesitan para enderezar sus golpeadas existencias aparezcan en las pantallas de su teléfono celular.
Ni los temblores de verdad asustan ya a los salteños: ahora nos sobresaltamos solo si Google nos avisa con un pitido que tenemos que salir corriendo a la calle.
Según esta peculiar especie de la fauna urbana, el contacto con el elector de a pie ya no necesita de insistentes «timbreadas» y de cansadoras caminatas barrio por barrio, sino más bien los servicios (generalmente gratuitos) de un intermediario digital cuyos servidores están en Texas o en San Francisco y sus dueños no son fácilmente demandables ante los tribunales de Salta.
Algunos ingenuos sueñan con que Mark Zuckerberg venda a Cambridge Analytica los datos de una decena de miles de usuarios salteños de las redes sociales globales, pensando que este puñado de perfiles pueda interesarle a los especialistas en manipulación de elecciones. Pero ni Facebook ni los hackers rusos parecen interesados en una elección tan insignificante como la que se va a celebrar en Salta y de la que todo el mundo -incluidos los rusos- conoce de antemano el resultado.
Así como hay legisladores interesados en obligar a que los candidatos debatan cara a cara, debería también haber alguien que propusiera secuestrar por un día los celulares y las tablets de los candidatos y los forzaran a salir al barro, porque allí se encontrarán con algunas verdades, luego de haberse arrastrado de rodillas, durante varias semanas, por el «walk of shame» de la mentira.