Ser candidato, aspirar a ocupar un cargo y desear servir a su prójimo son situaciones que exigen de las personas bienintencionadas una clara decisión, y no una oferta genérica del tipo: «quiero ser Intendente, pero no tengo problemas en ser senador provincial, diputado nacional, concejal de Vaqueros, Vicegobernador o dueño de un kiosco de golosinas».
Aquel político que no concreta sus intenciones, que esconde sus cartas hasta último momento y juega al gato y al ratón con otros de su misma especie, no le hace ningún favor a aquellos a los que dice querer servir.
Al contrario, los primeros perjudicados con estas candidaturas de «ya luego veré a qué» son los ciudadanos que tienen que elegir.
El apetito electoral desaforado es un trastorno de la personalidad que afecta a algunas personas que no conciben la vida sino rodeados de una popularidad sobrecogedora y que se sienten asfixiados cuando experimentan el rechazo o el desdén de sus congéneres. Los votos operan así como un bálsamo para ciertas almas solitarias que buscan refugio en las multitudes más o menos difusas.