Diría que durante nuestro mes vacacional por excelencia las cosas se mueven suavemente, y no pesadamente hacia arriba sino más bien ligeramente hacia abajo. Enero es para nosotros el mes del «aterrizaje suave» de los excesos característicos de un diciembre generalmente impredecible y alocado.
¿Es esta una buena noticia? Claro que sí.
Pero es mejor noticia para Gustavo Sáenz que para la democracia salteña, y esto hay que decirlo alto y claro antes de que venga febrero y el Miércoles de Ceniza enharinados nos vea pasar.
La salida al ruedo del «bloque opositor» es buena para Sáenz en dos sentidos bien diferentes.
Primero porque si el actual Gobernador le gana las elecciones a sus sorprendentes contradictores, podrá decir legítimamente que le ha juntado la cabeza a toda la oposición y, entonces, su poder como Gobernador será mucho más intenso de lo que ha venido siendo hasta ahora.
Segundo, porque si Sáenz las pierde, siempre podrá justificar la derrota diciendo que todos (de un extremo y del otro) se juntaron en su contra. A veces no se puede contra todos, quéselevacé.
En la segunda hipótesis (la derrota de Sáenz) ocurrirá tres cuartos de lo mismo. Si el seleccionado opositor consigue hacer que el actual Gobernador doble las rodillas, al perdedor expulsado de la oficina no le van a colgar los galones de la oposición, precisamente. Dirán de él que «ya fue» y los victoriosos gobernarán a pata suelta, como por cierto les gusta hacer en Salta, no porque les abrase la pasión de la hegemonía sino porque no conocen otra forma de gobernar.
Y tampoco será buena noticia para la democracia salteña, gane uno o gane el otro, porque el juego dialéctico entre un gobierno de perfil difuso y una oposición cohesionada por el oportunismo y el apetito de poder, le priva a los ciudadanos de posibilidad de reflexionar sobre las cualidades que deben exigirse al futuro gobierno que se verá obligado a enfrentar a un mundo cada vez más complicado e impredecible.
Dicho en otros términos, que los ciudadanos decidirán si les cae más simpático el general Grietovsky o la licenciada Grietucci, y poco se fijarán en las cualidades de uno y de otra para pilotar la destartalada nave con la que un millón y medio de salteños y salteñas pretender atravesar el proceloso mar de incertidumbres en que se ha convertido nuestro universo.
Lo que necesita Salta es política, con diálogo, compromiso, transparencia y rendición de cuentas, y no un corral de gallitos militantes que se pelean por ocupar el palo más alto del gallinero para desde allí esparcir «bendiciones» a los que quedaron abajo.
Ese «frente opositor», nacido de la coyuntura y atado con alambre, alardea de que sus principales cockfighters han decidido «dejar las diferencias personales de lado y hacer hincapié en las coincidencias ya que la sociedad reclama menos confrontación y más diálogo». Este imperdonable lugar común se atribuye al diputado nacional Emiliano Estrada, uno de los eslabones intelectualmente más débiles del ya de por sí frágil catenaccio opositor.
¿A quién le puede interesar que a Emiliano Estrada y a Carlos Zapata les guste el mismo restaurante?
Por «diálogo», los salteños entienden el «ché, ¿vos qué querís ser?; es decir, un reparto de candidaturas de última hora puro y duro. ¿Hablamos de lo que podemos hacer juntos? No; hablamos de los cargos que vamos a ejercer por separado (siempre por separado) aunque vayamos juntos y aunque nos juremos eterna fidelidad. De lo que podemos o no podemos hacer hablaremos después. Para el peronismo siempre están primero los cargos (después la patria, el movimiento y los hombres, en ese orden).
Este pequeño detalle nos indica de que cuando el «frente opositor» pierda las elecciones, al día siguiente desaparecerá como opción opositora unitaria y cada quien volverá a su redil como vuelve el pobre a su pobreza y el señor cura a sus misas, en la contrafolklórica Fiesta de Serrat.
El gobierno de Gustavo Sáenz (así como cualquier otro gobierno democrático de la Tierra) necesita de una oposición fuerte y cohesionada alrededor de una visión compartida sobre la realidad y no de un acuerdo electoral de coyuntura que solo deja entrever el deseo de sus partícipes de ocupar posiciones de poder y que no ofrece ninguna garantía de mantenerse en el tiempo. Si a Sáenz se le ocurriera mañana dialogar con sus diferentes, difícil lo tendría para seleccionar a los que de verdad discrepan con sus políticas. No hace falta recordar que el señor Emiliano Estrada es diputado nacional porque en las elecciones federales pasadas integró la lista de candidatos de Gustavo Sáenz. El que se va sin que lo echen vuelve sin que lo llamen.
Mucho me temo que Sáenz no lo hace ni lo hará, pero no porque no sepa o no pueda hacerlo, sino porque calcula que mañana alguno de sus feroces críticos de hoy puede llegar a convertirse en su aliado en las próximas elecciones.
Por mucho menos de un choripán se han vendido en Salta muchos fundamentalistas y maestros de la intransigencia organizada embanderados detrás de una gigantesca pancarta de «no pasarán». Su intransigencia se parece mucho a esos piquetes que cortan la ruta en su batalla por «la dignidad», pero que negocian el paso de camiones a cambio de una modesta contribución con «la causa» piquetera. No hay razones que inviten a pensar que estos que en pleno aterrizaje suave de enero han salido a matar a Sáenz vayan a comportarse en el futuro como unos demócratas de pro y no como el piquetero que se vende por un pack de seis latas de cerveza.
Las personas sensatas -y en Salta hay muchas- no tienen más que mirar su reloj y esperar el poco tiempo que queda para los que hoy cargan contra Sáenz como si fuera el mismo demonio salten la tapia y se sumen con entusiasmo desbordante y carnavalero a su inexistente «proyecto» político.


